Virolas

Conversiones con Irak de fondo

 

En febrero de 2003, al entonces secretario de Estado de EE UU, Colin Powell, le cupo el honor de representar su más histriónico papelón ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Allí, ante sus heterogéneos integrantes, tuvo que argumentar la inevitabilidad de una invasión militar de alcance insospechado: la de Irak. Exactamente la misma operación que él mismo había cuestionado en interior del Gobierno de George W. Bush desde sus probados conocimientos de estratega bélico. Para ello, Powell hubo de valerse de pruebas irrefutables: las recopiladas antes de la Guerra del Golfo en 1991. Aquello fue la piedra de toque definitiva para que consumados halcones de la Administración Bush dieran el ok a tan costosa invasión.

Al lo que se ve, Powell ha querido ajustar cuentas ahora con sus antiguos jefes y correligionarios. ¿Y cómo lo ha hecho? Muy sencillo: apoyando públicamente al candidato demócrata a la Casa Blanca, Barack Obama. Mucho se especuló en su momento con la posibilidad de que Colin Powell hubiera optado a ser el primer presidente negro de EE UU. Pero por el Partido Republicano, claro está. Al final, no fue así. Ahora, su respaldo a Obama responde más a ese pretendido ajuste de cuentas por el citado papelón que le hicieron representar –y que él aceptó, no se olvide– los tres mosqueteros del imperio (Bush, Cheney y Rumsfeld) hace más de un lustro, que a sus encendidas convicciones políticas, y ya no digamos raciales. Powell, por su parte, apela al temple, la serenidad y la consistencia intelectual del candidato demócrata al tiempo que se reconoce defraudado con el republicano John McCain, que ha preferido –argumenta el ex secretario de Estado–  apostar por la carta patriota o tratar de vincular a Obama con personajes como Bill Ayers, mientras hay dos guerras abiertas y una crisis económica que afecta a millones de personas.

Cuando a comienzos de septiembre, en la Convención Republicana, el senador Joe Lieberman, que fuera candidato a la vicepresidencia con el demócrata Al Gore en 2000, anunció su respaldo a McCain, muchos lo tacharon irreflexivamente de Judas de la política norteamericana. Además, compartiendo ticket electoral con Gore, el candidato a vicepresidente se convirtió en el primer judío que optaba a tan alta institución. En aquellas fechas, posiblemente por los mismos que ahora le han denostado de forma tan arbitraria, a Lieberman se le definió con tan demócratas epítetos como centrista, reformador o liberal.

Pero ante la velada acusación de traidor existen matices que todos deberíamos conocer sobre su dilatada biografía: Lieberman es senador por Connecticut desde que en 1988 concurrió por vez primera a esa elección. En 2006, como consecuencia de su diáfano apoyo a la invasión de Irak, cayó en las primarias de los demócratas para el Senado en ese Estado. Optó entonces por ser candidato independiente y la caudalosa contribución de los electores republicanos en las urnas le llevó finalmente al Capitolio.

Así pues, que ahora Lieberman apoye al candidato de este partido no resultaría tan extraño como que Powell, quizá el ex alto cargo republicano de mayor rango que lo hace, respalde a los demócratas. ¿No les parece?

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