Virolas

Un narrador de oficio

 

 

Un motorista recoge a un conductor al que su coche dejó tirado en la cuneta al agotársele el combustible. Lleva un bidón en la mano para cargarlo en la gasolinera más próxima. Hasta ella le traslada en su moto. El motorista sí ha reconocido al conductor accidentado. Este último no identifica a quien le ha recogido pues se cubre el rostro con el casco reglamentario. O quizá sí, acaso por un alza en uno de sus zapatos: el derecho. Ambos llegan a su destino. Entrada la noche, el teléfono suena en casa del motorista. Pero, al descolgar, nadie contesta al otro lado. Eran padre (el conductor) e hijo (el motorista), distanciados desde hacía tiempo.

Es éste el resumen de un cuento, Mi pierna derecha, que yo ya había leído en la página web del escritor de origen valenciano Juan José Millás. Se publicará en su próximo libro, una obra que verá la luz el 28 de octubre. Los objetos nos llaman llevará por título. El cuento salió ayer en El País, junto a una entrevista con el autor con motivo de su reciente concesión del Premio Nacional de Narrativa por El mundo, otra obra por la que ya obtuvo el último Premio Planeta. Se trata de una novela biográfica que Millás confiesa que empezó casi por casualidad.

El escritor, de orígenes administrativos en lo tendente a su modus vivendi, publica semanalmente columnas periodísticas en este mismo diario que se entienden bastante bien. Y no es poco. No obstante, en 2005 alcanzó el Premio de Periodismo Francisco Cerecedo. Su primera novela, que la tituló Cerbero son las sombras, fue publicada en el emblemático año de 1975. Con ella obtuvo el Premio Sésamo, lo que le permitió adentrarse en el proceloso mundo literario de aquella España. En él sigue inmerso desde entonces. En 1990 obtuvo el Premio Nadal con una obra a la que llamó, simbólicamente, La soledad era esto.

Existe un relato especialmente enternecedor de Millás. Se denomina El paraíso era un autobús. Cuenta la historia de dos seres que se veían devotamente a diario en ese medio de locomoción urbano, pero cuyas vidas transcurrieron sin hablarse.

“Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces llovía y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos vivían en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera. No había navidades, ni veranos, ni semanas santas. Todo el tiempo llovía y ellos viajaban solos, eternamente, sin hablarse, sin saber nada de sí mismos. Abrazados”.

El final, triste como el devenir de esos dos seres tan indefensos al amor, casi podemos intuirlo e, incluso, imaginarlo. Léanlo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s