Virolas

De dislates lingüísticos

Un crítico de televisión se quejaba amargamente del desconocimiento que del idioma castellano exhibe ese ser tan cautivador que responde al nombre de Belén Esteban. Sin hacer leña del árbol, un personaje surgido de la nada, o más bien de la siniestra de un torero llamado Jesulín de Ubrique. La Esteban, como se la llama en el argot del mundo de la prensa rosa, era una muchachita que un día se enamoró del singular diestro y con él tuvo una hija. La relación se rompió, como tantas otras, y ella pasó a la acción, decidiendo sacar tajada de su fugaz famoseo consorte. Desde entonces, su aparición estelar en programas de televisión y revistas del cuore, apabulla.

De lo que se lamentaba el crítico antes citado es de que la Esteban dijera frase tan lapidaria, en un programa televisivo que la mantiene como colaboradora, referente a que su hija Andreíta es capaz de comerse “diez almóndigas como mi cabeza de grandes”. Que esta mujer es un libro abierto, y no el Espasa precisamente, es algo evidente. Que no es discípula del insigne Fernando Lázaro Carreter, también. Es por ello por lo que no habría que aspirar, entiendo, a buscarle plácido acomodo en un desocupado sillón de la Real Academia Española (RAE). Escribía el crítico en su comentario, textualmente: No sé qué me indigna más, sinceramente, que la Esteban haga alarde en directo del desconocimiento casi total del idioma en el que se supone que habla o que su hija sea de los pocos ciudadanos españoles que, a pesar de la crisis, sigue comiendo carne de ternera”.

Respecto a lo segundo, no tengo argumento sólido para rebatirle: si su madre gana pasta gansa y se lo puede permitir, que el paladar de la niña goce con la ternera picada en cuestión. Pero sobre lo primero, sí lo haré, poniendo por delante que la ex de Jesulín nunca fue santa de mi devoción. Aunque al crítico le cueste creerlo, la RAE acepta tanto almóndiga como albóndiga, si bien a la primera se la considera vulgarismo e hipotética palabra en desuso. Sorprenderá que los académicos traguen con estas cosas. Pues lo hacen. Ya en la primera edición de su Diccionario (DRAE), que data de 1726, aparecía. Bien es verdad que en el Diccionario Panhispánico de Dudas se recomienda su desuso por ser propia del habla popular de algunas zonas.

Recuérdese que una tarde de junio, la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, habló en el Congreso de los Diputados de los “miembros y miembras de esta comisión”. No existe la segunda palabra en nuestro idioma. Sin embargo, ello levantó airada polémica al solicitarse fervientemente, por parte de la ministra, su inclusión en el DRAE. Ahora hemos sabido que el propio Parlamento no registró la palabreja en el Diario de Sesiones porque las taquígrafas –mujeres en su mayoría– optaron por respetar “el correcto castellano”. Ya Baltasar Gracián nos dejó dicho que el primer paso de la ignorancia era presumir de saber. La de las taquígrafas de la Carrera de San Jerónimo, aquella tarde, fue una sabia decisión en medio de tamaño dislate. Si la cosa hubiera llegado a la RAE, cualquiera sabe.

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