Diario

Diario de un prodigio (XXXVIII)

 

 

El viernes asistí a una cena en la que se encontraba el comisario europeo de Economía, Joaquín Almunia, para quien el denominado plan Bush que pretende salvar la maltrecha economía de la crisis que la acosa, es “una idea positiva, que una vez que se ponga en practica debe ayudar a que se serenen los mercados financieros y a que se ponga fin a las incertidumbres que están creando tensiones muy nocivas para todos”. Recuérdese que nada menos que 700.000 millones de dólares son los que engrosarán en las arcas estatales de EEUU para sanear sus flaqueadas entidades financieras.

La otra noche reparé en que yo conocí a Almunia en 1986 –hace ya 22 años– cuando le seguí por tierras murcianas en varios actos de apoyo al en el referéndum de la OTAN. Era aquel Almunia un todavía joven ministro de Trabajo de un Gobierno que presidía Felipe González, quien tuvo que desdecirse a través de esa consulta de su intención inicial anti-atlantista. Los miembros de aquel Ejecutivo, como era el caso de Almunia, echaron el resto entonces para conseguir sacar adelante aquel reto frente al que los socialistas, años atrás, habían alegado su famoso eslogan OTAN: de entrada, no. Luego los designios de la política llevaron a Joaquín Almunia a ser secretario general del partido –tras la marcha de González y pese a ser derrotado en primarias por un entusiasta Josep Borrell– y llegó a enfrentarse a José María Aznar en las generales de 2000, siendo derrotado ampliamente tras lo que dimitió ipso facto.

Vasco, de Bilbao, ostenta la comisaría de Economía desde abril de 2004. Recordaba la otra noche con cierta nostalgia –más por cuestiones personales que entonces acontecieron que por las estrictamente profesionales– cuando le seguí en mi Seat-133 y le entrevisté hace más de dos décadas, entre Lorca y Águilas, mientras hacía campaña por el a la entrada de España en la Alianza Atlántica. Él tenía 38 años, era ministro de Trabajo y Seguridad Social, y yo apenas un aprendiz de periodista, con 23 insultantes años y unas ganas locas de comerme el mundo. Quién lo diría.

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