Virolas

De vacaciones

 

Una maravilla para empezar… 

 

Esta mañana casi he podido cruzar la ciudad como una exhalación y a velocidad de crucero. No obstante, este viernes comenzaba un largo puente que la dejará desierta, al menos hasta el lunes que viene. Son muchos los que dicen que es ahora cuando se puede vivir en ella. Sin aglomeraciones de coches ni de gente, con sitios para aparcar y sin la inapelable ORA –que yo considero una especie de impuesto municipal revolucionario– pero con la omnipresencia de esos personajes venidos de otras latitudes y que se hacen llamar gorrillas –otro impuesto el suyo tan revolucionario como el otro–.

Hay menos locales abiertos, menos bares y restaurantes, pero en los que sí lo están encuentras fácil acomodo. Por no oírse, en la calle no se oye ni trinar a los pajarillos. Alguna chicharra, con su zumbido, sí que nos recuerda la temperatura que alcanza el termómetro exterior.

Sin embargo, mañana yo también huiré de la ciudad, como tantos otros, buscando la paz y el sosiego, la tranquilidad vacacional que se presume, el sol, la playa o la piscina.

Y es que, en coincidencia con Marcel Proust, a cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear.

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