Diario

Diario de un prodigio (XXXIV)

Hace unos cuatro años dejé de utilizar mi primer teléfono móvil. Como era de empresa, al cesar en mi cargo, lo entregué. Adquirí entonces uno de prepago o tarjeta, consciente de que debía controlar ése como otros muchos gastos que ya soportaba. Me vendieron uno bastante simple –como yo solicité expresamente– en una superficie comercial sevillana con cuyo número comencé a familiarizarme. Lo estuve utilizando unos tres años sin mayor incidencia. Cuando gastaba el saldo, iba a un cajero automático y lo recargaba. Tan sencillo y tan simple. Y nadie de la compañía de telefonía se acordó de mí.

Hace un año, coincidiendo con un nuevo nombramiento, me volvieron a asignar otro móvil de empresa. Como mis conocidos poseían mi número antiguo, les envié mensajes con el nuevo aunque pensé simultanear ambos durante tiempo indeterminado. Pero resultaba incómodo que para ello tuviera que utilizar dos aparatos con lo que, ahora, transcurridos más de doce meses, he optado por deshacerme del particular.

Y ahí viene el problema. Desde que Telefónica se barrunta que voy a dejar de ser cliente de prepago me está asaeteando con llamadas de su diligente Servicio de Atención al Cliente y, sobre todo, con una copiosa lluvia de mensajes sms advirtiéndome de que si no recargo pierdo el número que tenía. Ya le dije a la señorita que me llamó hace unos días que me pensaría si quería seguir manteniendo el número y que si decidía que sí, haría la correspondiente recarga; en tanto que si era que no, pues adiós, muy buenas.

A uno le gustaría que cuando precisara de determinados servicios de estas compañías para darse de baja en Internet o en la retahíla de canales de televisión que ofertan, sus operadores y administrativos fuesen tan efectivos como lo están siendo ahora para evitar mi particular tocata y fuga. Y me temo que no suele ocurrir esto ya que, por lo que me cuentan quienes han sufrido en sus carnes la desdicha de poco menos que tener que implorar ser desconectados, se padece lo indecible. Por lo que ellos me han dicho, insisto.

 

 

* El móvil de la foto no es el mío. Que conste. Tiene un precio de 1,3 millones de dólares; aseguran que está hecho a mano y adornado con oro blanco y diamantes. Para los suspicaces.

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