Diario

Diario de un prodigio (XXXIII)

 

La otra tarde acompañamos a mi hija a una autoescuela donde espera obtener el carnet de conducir. Creo que yo no pisaba una de estas instalaciones desde que, allá por el año 1981, obtuve mi licencia, más que nada por la insistencia de mi madre. A mí, conducir –y eso lo saben muy bien mis amistades– es algo que nunca me atrajo, a diferencia de otras personas que dicen que incluso les relaja. Prefiero siempre que me lleven a ser yo el conductor, lo reconozco. Con todo, he de reconocer también que saber llevar un coche me ha reportado dosis de autonomía que nunca hubiera obtenido de no saber manejarlo. Viajar por media España por razones laborales sin las trabas horarias y de servicio que te supone coger un tren o un autobús a tal o cual hora. Esa es la verdad.

La visita de la otra tarde a la autoescuela me deparó conocer in situ los avances del progreso tecnológico. Ahora, estos centros cuentan con simuladores instalados en un ordenador para hacer los tests y otra serie de pruebas. Qué bien y qué instructivo, me dije.

A mi hija le entregaron una carpeta azul con el material pertinente. Entre ese material había un libro que el instructor, al abrirlo, ya nos dijo que impresionaba. Bastante. Muchos datos, mucha tela que cortar, pensé. No recuerdo si cuando yo me examiné el temario era tan vasto. Me temo que quizá sí, aunque condensado en un librito más pequeño de tamaño, que no de páginas.

Al salir del local, L. –experta y hábil conductora– me reconoció que, posiblemente, si ahora tuviera que volver a examinarse, nunca aprobaría. No la creí, porque es demasiado lista para todo.

Ahora, cuando circule con mi automóvil por la ciudad y vea un coche de autoescuela con una alumna dentro, tendré que ser más comprensivo de lo que a veces suelo serlo. Son aprendices del oficio y uno, muchas veces, no es del todo consciente de ello. Por eso, estos proyectos de automovilista hacen lo que hacen y transitan dubitativos a tan lenta velocidad. Quién sabe si la próxima vez, dentro del vehículo y junto al profesor, vaya mi propia hija asida al volante, como el que se agarra a un clavo ardiendo.

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