Virolas

Sobre la integración

 

Lo que más me impactó anoche, cuando regresaba de ver por televisión el intenso partido España-Rusia, no fue tanto el machacón ruido que emitían los pitos que accionaban los automovilistas, en señal de victoria; ni siquiera el frenesí que parecía embriagar a la gente tras el contundente 3-0 que certificaba el paso de nuestra selección a una final 24 años después.

De aquella otra final, la de 1984, apenas recuerdo el increíble gol que se tragó Arconada, aquel portero de la Real Sociedad que tanto nos gustaba y al que tanto admirábamos. De la que España ganó en 1964, sólo lo que me han transmitido el No-Do y el testimonio de mi padre, presente aquel día en el Santiago Bernabéu.

Pero vuelvo al principio. Lo que más me llamó la atención anoche fue ver en un balcón a unos niños magrebíes, de apenas 7 u 8 años calculo yo, lanzar gritos de ¡España, España!, nada más concluir el partido. Eso es integración, pensé. Que estos hijos de la inmigración se identifiquen con los colores del país que les acoge es un primer paso. El siguiente será cuando uno de ellos, quizá algún día, se enfunde la camiseta nacional, como en la vecina Francia hizo un día un argelino que jugaba al fútbol con movimientos más propios de Rudolf Nureyev que de un futbolista. Ése hombre era y es Zinedine Zidane, un pied noir del balón que tanto nos encandilaba con su fascinante forma de jugar en el campo.

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