Diario

Diario de un prodigio (XXX)

 

Anoche retrocedí como treinta y tantos años en mi existencia cuando asistí a la presentación de un libro. Se trata de la publicación conmemorativa del que fuera mi colegio, el de mi pueblo, durante las décadas sesenta y setenta del pasado siglo. Ese centro cumplió en 2007 nada menos que 80 años de vida y por eso un puñado de profesores y ex-alumnos nos conjuramos para hacer de la efeméride algo destacable. En los últimos meses se han sucedido las conferencias, los conciertos y otros actos con los que celebrar el devenir de la ya octogenaria escuela.

En el libro se compilan tanto las charlas impartidas –una de ellas a cargo de un servidor, sobre la relación entre la educación y la televisión– así como colaboraciones de quienes pasaron por sus aulas a lo largo de todos estos años. Los hay catedráticos universitarios, médicos, ingenieros, maestros, filósofos, funcionarios… de lo que se deduce que de aquella escuela de pueblo, de pupitres de madera añeja, de tinteros y pizarras incrustadas en la pared, de patios de recreo con enormes eucaliptos, salieron hombres y mujeres para la acción, aquellos que completaron su formación en otros lugares pero que siempre llevarán en su interior el origen de su particular proceso educativo.

Corrió la presentación del libro a cargo del catedrático de Geografía Física de la Universidad de Murcia, Francisco López Bermúdez, paisano experto y erudito en temas medioambientales que sigue pegado a su terruño y que se jacta –como otros también solemos hacerlo– de sus orígenes. Repasó con paciencia benedictina todas y cada una de las colaboraciones que se contienen en el libro y tuvo palabras elogiosas para todos nosotros. A mí me siguen emocionando las gentes que pululan por las órbitas del saber y que mantienen los pies en su tierra, conscientes de la impronta del sitio que les vio nacer y, luego, crecer.

Sí, anoche volví a los años pretéritos de aquel grupo escolar vetusto, donde mis maestros me instruyeron en la primera hora; cuando, como alguien dijo una vez, educar no era dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida.

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