Virolas

Desdramatizando, que es gerundio

 

 

 

 

Cuando el tal Chikilicuatre irrumpió en la escena del país, pensé lo que tantos: vaya tela. Pasado el tiempo y viendo el impacto que el personaje causaba, sobre todo en los más pequeños, empezó hasta a caerme bien. Pero todo en su lugar. Se trata de un actor que, como tal, hace su papel y que no se las da de nada más que de eso: alguien que actúa. Ni siquiera va de pseudointelectual como muchos extravagantes de tres al cuarto que pululan por el suelo patrio. Es evidente que su garbeo por el escenario nacional hasta desembocar en el Festival de Eurovisión de la otra noche no ha dejado indiferente a casi nadie. ¿Quién no sabe que el uno es el breikindance, el dos el crusaíto, el tres el maiquelyason y el cuatro el robocop? Hasta el Tato, oiga.

Con Chikilicuatre todos han ganado, aunque él quedase decimosexto en Belgrado. Es igual. Ha ganado su promotor, él mismo, los que le acompañaban y TVE con casi 14 millones de espectadores en hora punta, algo que sólo se alcanzaba en época de monopolio.

Rodolfo Chikilicuatre nos ha dado de qué hablar en estos días a un país que se debate sobre si lo que hay se llama crisis o desaceleración, sobre si Rajoy va o viene como líder del PP o sobre si Raúl debió o no ir a la Eurocopa de junio. Temas todos ellos más y menos trascendentales, puesto que hay para todo en esta piel de toro. Pero lo que es evidente es que las pretensiones del representante eurovisivo eran las de llamar la atención y divertir al personal. No las de optar a la presidencia de la Real Academia Española, por ejemplo. Porque para eso, ya están otros. ¿En concepto de qué el año pasado pudieron ganar unos tipos disfrazados de monstruos o éste los irlandeses plantarse en la previa del concurso con un supuesto pavo? ¿No vale, entonces, el desgarbado Chikilicuatre para un certamen decadente pero que en su prehistoria contó con voces tan señeras como la de la Cinquetti, Cliff Richard, Françoise Hardy, Raphael, Albano, Céline Dion o Abba? Pues eso, sepulcros blanqueados. Y perrea, perrea.

 

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*Derechos Humanos: 60 años de fracaso

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