Virolas

Facundo, ese prófugo profesional

El cantautor argentino Facundo Cabral es un tipo fascinante al que no se ha explotado demasiado. No es sólo un cantante, es un pensador en toda regla. Sus pensamientos los plasma en composiciones que pueden desembocar en forma musical o literaria. Oírle desgranarlos es todo un privilegio. Una vez se autoproclamó en una entrevista como prófugo profesional.

Cuenta así Cabral su encuentro circunstancial con un genio: fue en el Campo de Fiore, en el Trastevere romano, donde en 1600 quemaron vivo al díscolo Giordano Bruno. Allí un hombre alimentaba con migajas a unas palomas. Facundo se dirigió a él espetándole: ¿Es usted quien yo creo? A lo que él le respondió: Yo soy el que tú quieras. Insistió Cabral: ¿Es usted el maestro? Contrariado, el hombre le contestó: No, maestro es el que te ha puesto a ti delante de mí y viceversa. Yo sólo soy Arturo Rubinstein.

No sé si entonces o en otra ocasión, Facundo sentenció con esta frase:Un hombre que habla con las palomas no está loco, sino benditamente enamorado.

Otro día su compatriota Alberto Cortez, que tantos éxitos suyos ha interpretado magistralmente, le preguntó si sabía el motivo por el que los argentinos eran, hasta cumplir los cuarenta años, tan petulantes, soberbios y engreídos. Facundo le siguió con una negativa, a la que Alberto concluyó: porque a partir de los cuarenta somos perfectos.

Y otra desternillante anécdota de Facundo es la que atribuye a su hermano: cuenta que un día éste se dirigió a su jefe para pedirle ausentarse un par de horas de su puesto en Correos. El jefe se lo negó. Miré usted que voy a ser padre, dijo él. Hombre, haberlo dicho antes. Eso no se puede negar a nadie. Tómese el tiempo que quiera, señaló el patrón. Pasaron unas cinco horas y el hermano de Facundo volvió a su trabajo. El jefe le preguntó, lógicamente, si había sido niño o niña. Y él le contestó: Qué se yo, viejo, ahora habré de esperar nueve meses para saberlo.

Leyendo u oyendo a Facundo uno disfruta por doquier. Es un contador de historias nato. Y todo un filósofo. Tanto que cuando le leí esta frase pude, incluso, verme reflejado en ella, tal como se proyecta una imagen al asomarse a un estanque: el amor nunca se muere, sólo cambia de lugar.


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