Virolas

Un aristócrata republicano

Moon River / Frank Sinatra

El desaparecido Frank Sinatra solía decir que lo que él vendía no era sólo voz, que lo suyo era vender estilo. Recuerdo ese aserto ahora que se cumple una década de su mutis, si bien su aterciopelado registro sonoro siempre quedará en nuestros oídos agradecidos. Me viene ello a la mente en un día en el que un escritor metido circunstancialmente a político –o viceversa, que nunca se sabe– ha arribado al puerto de la antigua Carthago Nova para hablar de novela histórica. Dominique de Villepan al que, no se olvide, el pretencioso Jacques Chirac quiso ubicar como heredero del trono en detrimento del resuelto Nicolas Sarkozy, habla en Cartagena de Napoleón, su pasión, su leitmotiv. Este aristócrata republicano, que un día estuvo llamado por algo menos de dos años a ser primer ministro galo y que pertenece a la cuna de los Galouzeau de Villepin de toda la vida, aquellas mismas gentes que desde principios del siglo XVIII han ocupado un lugar eminente en la alta burguesía nacional con un cierto, aunque falso, empaque nobiliario.

Proveniente de la ENA, la Escuela Nacional de Administración por cuyas aulas ha pasado, históricamente, lo  más granado del Ejecutivo francés, este De Villepin larguirucho y esbelto, de pelo cano, facciones angulosas y tez morena, gasta modales distinguidos con los que se sumerge en la historia y la literatura –en especial, la poesía– de su venerado país.

Nunca vio claras las intenciones de Estados Unidos y sus aliados en la guerra de Irak, lo que le valió el reconocimiento hasta de los comunistas galos. Otrora, como defensor a ultranza del laicismo estatal, tuvo que sortear en varias ocasiones el fundamentalismo musulmán en las calles de su propio país.

De Villepin aborda con apasionada prosa la vida del pequeño corso en algunas de sus obras más destacadas. En Los cien días rememora la vuelta incruenta de un Napoleón desde el exilio en la isla de Elba a París para gobernar por ese espacio de tiempo. Y citando al general De Gaulle, proclama sobre el emperador: “Su caída fue gigantesca, en proporción con su gloria”.

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