Virolas

La ley del embudo

 

Abomino de todo aquel político que en campaña atenaza entre sus brazos a un niño. También de aquellos otros que visitan a los ancianos y les dan besos farisaicos. Todo suele ser teatro, de cara a la galería. ¿Se creerán esos próceres que somos tontos? A lo mejor sí, y lo somos.

La verdad es tan cruda como las patatas a medio hacer o tan dura como el pan de un día para otro. Somos buenos mientras nos encandilan los focos mediáticos para, luego, enseñar nuestra verdadera faz a la multitud.

A los ancianos de una residencia pública madrileña los van a atar cortos en lo que a sus debilitados estómagos se refiere. Dicen desde la dirección del establecimiento que hay que recortar gasto, que la cosa se va de las manos y que hay que rebajar la factura. Como siempre, esos recortes empiezan por los más débiles: los internos. Sí, aquellos seres, muchos de ellos, a los que sus hijos visitan de fin de semana en fin de semana, o cada quince días, para charlar un ratito y decirles: ¿Qué tal estás, papá? ¿Cómo te tratan, mamá?

Para poner orden en las cuentas de la residencia, porque lo que cuestan los alimentos ha subido más que el IPC, una nota de régimen interior advierte al personal sobre cómo se aplicará el aludido recorte: habrá que limitar el consumo de verduras y frutas; se tendrán que poner platos más baratos, sobre todo en las cenas; el aceite servirá para más frituras que las habituales; se comprará carne de menor categoría de la que se traía habitualmente y se pedirá algo menos de pan.

De aplicarse a rajatabla este tratado, los 300 internos, que abonan a la residencia el 80 por ciento de sus pagas de jubilación, vivirán de milagro. Es más: alguna mente aviesa les había llegado a proponer que aportaran el exiguo 20 por ciento que les queda de su pensión para compensar lo que ha subido la vida. Propongo que quizá fuese más resolutivo, incluso, pasar directamente a la inanición de esos mayores.

Alguien, no sé si por hurgar en la herida más de la cuenta, ha dejado caer de soslayo que el director de la residencia, que disfruta de amplia vivienda en el interior de la misma, montaba festorros propios en los salones del asilo. Las ostras y las langostas danzaban que daba gusto, cuentan quienes dicen haberlo visto. Si todo esto es así, sólo cabe desearle al irresponsable de turno una indigestión de marisco que, por experiencia, sé que son de las peores que uno padecer pueda.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s