Virolas

La arrogancia del poder

 

Contaba el recientemente desaparecido reportero David Halberstam en su certera crónica sobre el cara a cara que protagonizaron Kennedy y Nixon en la CBS el 26 de septiembre de 1960, que el que fuera secretario de Estado con Harry Truman, Dean Acheson, “no se sintió conmovido por ninguno de los candidatos mientras miraba el debate, que lo hizo sentir viejo. Para él, los dos parecían frías figuras mecánicas que habían logrado, con la ayuda de encuestadores y ejecutivos de marketing, saber hasta el último punto decimal cómo pararse frente a cada asunto”. Prosigue relatando el que fuera Premio Pulitzer que Acheson escribió al ex presidente Truman: “¿No siente, de una extraña manera que, al menos hasta ahora, no hay candidatos humanos en esta campaña? Parecen técnicos hábiles e improbables. Ambos están rodeados de gente inteligente que les ofrecen ingeniosas listas de temas. Sus ideas parecen demasiado calculadas. Estos dos me mataron de aburrimiento”.

Son muchos los que todavía piensan que el resultado de un debate entre candidatos electorales es decisivo de cara al veredicto de las urnas. Ahora que de nuevo en nuestro país afrontamos una campaña de elecciones, se vuelve a supervalorar el fin mismo de esos cara a cara. El pasado ejemplo de las presidenciales francesas puede conducirnos a equívocos. Y es que ¿alguien cree realmente que la victoria de Nicolas Sarkozy sobre Ségolène Royal se fraguó en el debate televisado que en días previos a la segunda vuelta ambos dirimieron?

Las campañas de los candidatos conservador y socialista en el país vecino han sido calificadas de modélicas por los expertos. A lo largo de las mismas, tanto Sarkozy como Royal desplegaron un impresionante dispositivo que les permitió llegar en condiciones óptimas a la gran final en su carrera por el Elíseo. Pero ambos ya habían advertido suficientemente al electorado de sus propuestas e intenciones antes de sentarse a la mesa de debate en televisión. Lo de ese día fue más una puesta en escena, una recopilación de conclusiones y, lógicamente, un enfrentamiento dialéctico de posturas entre los candidatos para regocijo de partidarios y detractores de uno y otra.

Cuando hace más de 46 años el demócrata John Kennedy llegó a Chicago para participar en el debate contra su contrincante republicano, Richard Nixon, JFK venía de tomar el sol plácidamente en California, según delataba su estupendo bronceado. El día del cara a cara aligeró su agenda, permaneció en el hotel y esperó paciente la hora del traslado a los estudios. Por el contrario, Nixon voló precipitadamente la víspera, descansó poco esa noche y todavía empleó la mañana siguiente en cumplir con algún compromiso sin hacer caso excesivo a quienes velaban por su imagen. Llegados a los estudios, ambos rechazaron el maquillaje que les ofrecieron en la CBS. El primero, no lo necesitaba verdaderamente. El segundo sí, pero disimular por sus asesores su oscurecida barba constituyó a la postre un arma de doble filo con efecto boomerang. La sudoración a la que era especialmente propenso Nixon derritió el Shavestick, una sustancia aplicada en su rostro con resultado desastroso.

Sintomático fue que, acabado el programa, los padres de la secretaria de Nixon llamaron por teléfono a su hija para preguntarle por el estado de salud de su jefe, quien se marchó de los estudios convencido de saberse ganador. Kennedy sospechó que no había sido así cuando el jefe local del Partido Demócrata, que no era santo de su devoción, vino a felicitarle.

Días después, el joven senador derrotaba por la mínima al que fuera vicepresidente -y a veces ninguneado- con Dwight Eisenhower. Justo es reconocer que aquel debate televisivo, celebrado hace casi medio siglo, marcaría un antes y un después en la dinámica mediático-electoral.

El cronista David Halberstam, que murió el pasado mes de abril en un accidente de tráfico cuando contaba con 73 años de edad, fue quien posiblemente mejor describió la arrogancia del poder, esa misma prepotencia que condujo a toda una generación de estadounidenses al fiasco de Vietnam como ahora -y de determinados errores parece que no se aprende nunca- ha vuelto a ocurrir en Irak. 

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