Diario

Diario de un prodigio (XIII)

 

Aquella mañana me levanté y tras asearme salí a desayunar al bar de la esquina. El propietario no daba abasto para servir los cafés y los croissants porque los dos ayudantes bolivianos que hasta ayer tenía se le habían despedido forzosamente. Luego me fui a comprar el periódico y el quiosco estaba cerrado porque su dueño, un tipo colombiano con el que había hecho buenas migas, se había marchado. Seguí andando y observé la cantidad de suciedad que había en las aceras: la plantilla de barrenderos se había reducido al 50 por ciento porque se ha ausentado la mitad de sus efectivos, magrebíes, centroafricanos y sudamericanos, en su mayoría. Me llamaba la atención no ver a esa hora a niños que se dirigieran al colegio acompañados por la calle. Otras mañanas sí los había contemplado junto a muchachas de tez morena y cabellos ensortijados. Continué mi camino y eché de menos en el parque a varios ancianos que, sostenidos por sus ceremoniosos cuidadores, solían tomar el sol por allí. Ni rastro de los unos ni de los otros. Más tarde observé una larga fila de mujeres con maletas. Salían de un edificio que se me antojó lujoso y donde las casas deberían de tener techos altos y lámparas de araña en ellos. Parecía que se marchaban. Me acerqué al mercado central y el frutero me dijo que hoy no tenía mucho género porque había problemas con la recogida de frutas y verduras. Aquello se me antojó como una situación de posguerra. Me dirigí al garaje y cogí mi coche. Fui a la gasolinera próxima y sólo funcionaban los auto-surtidores. Ni rastro del ecuatoriano que con una sonrisa me llenaba el depósito de gasoil cada semana. Pasé cerca de la estación de autobuses y pude ver con mis propios ojos que estaba atestada de gente, si bien la cafetería no funcionaba porque sus camareros también habían sido despedidos. A dónde irá toda esa gente, me pregunté. Puse la radio de mi vehículo y escuché un boletín de noticias: el Gobierno, decía con cierto énfasis el locutor, ha puesto hoy en marcha el programa de deportación de inmigrantes a sus respectivos países, tras aprobarse en Consejo de Ministros el correspondiente decreto.

En eso, sonó mi despertador. Marcaba las 7 y 25 minutos de la mañana. Abrí los ojos, subí la persiana del dormitorio, corrí las cortinas y observé que ya lucía un tímido sol. Y me dije entonces: menos mal que ha amanecido y que no siempre es de noche, ni siquiera en nuestras conciencias. Me acerqué al equipo de música y puse el From Now On de Supertamp, con ese piano que suena como los ángeles.

From Now On – Supertramp

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