Diario

Diario de un prodigio (IX)

 

Esta mañana he abierto una carta de alguien que me invitaba a un acto y a su posterior vino de honor. Hablo en pretérito porque el evento se debió de celebrar el pasado 4 de diciembre, pero yo me he enterado hoy de su existencia. La misiva no viene de Kuala Lumpur, precisamente. Viene desde apenas medio centenar de kilómetros, desde Cartagena, y lleva un matasellos de Correos fechado el 22 de noviembre del pasado año. La carta debió llegar este fin de semana y hoy, como digo, la he abierto.

No sé si ese es un síntoma de cómo funciona un país. Ni siquiera si lo es de cómo lo hace una sociedad en su conjunto. Hay personas que se pasan la vida esperando una carta. Y algunas, incluso, se mueren en esa espera. Hoy ya no se lleva tanto el género epistolar, embutido en un sobre y con su correspondiente sello postal. Ahora estamos inmersos en la era de las nuevas tecnologías y nos basta con los sms de nuestros teléfonos móviles o los correos electrónicos, a veces tan fríos pero tan cómplices. Sin embargo, echo de menos aquellas cartas amanuenses de letra casi perfecta, de caligrafía de posguerra. Leo a Sandburg cuando dice que el pasado es un cubo lleno de cenizas. Y es que ya casi nada es igual. Ni siquiera los carteros lo son. Ni las cartas. Ni los sellos. Ni tú, siquiera.

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