Diario

Diario de un prodigio (VIII)

 

Eu sei que vou te amar

Algunas veces se componen canciones como ésta que durarán eternamente, que pasarán por los siglos de los siglos, que enamorarán a millones de gentes y que provocarán, incluso, más de una lágrima esquiva. Esta música y estas voces son como un oasis que hallar en medio de la marabunta que nos invade.

Recuerdo ahora un largo viaje en autobús, oyendo música brasileña en un aparato de cintas de cassette con auriculares –aquello suena a prehistórico, ¿verdad?– cuando un vecino de asiento me contó que el día que murió en Río de Janeiro Vinícius de Moraes, en Brasil se declaró un sentido luto nacional. No era para menos cuando de la destilería que atesoraba tanto talento musical salieron muestras como la presente. Vinícius, ese genio al que enloquecían casi por igual el alcohol y las mujeres y cuya ronca voz se atiplaba con el tabaco que también le consumía por momentos. Ese hombre de sólida formación, que un día aparcó su carrera diplomática para entregarse por entero a la composición de algunas de las más bellas canciones que imaginarse pueda, suena hoy con la misma vigencia de siempre, con el mismo ritmo y la misma cadencia, con la misma melancolía de que no todos los días se supera felizmente la edad de Cristo en la Tierra.

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