Virolas

Desagravio radiofónico

 

 *Recordando a José Luis Pécker

Un día, con apenas una docena de años, me senté en una mecedora y me pregunté: ¿Qué quiero ser yo? Elucubré con las aspiraciones maternas, que pasaban por una ingeniería, y creo que las deseché ya desde ese mismo momento. Yo quería ser periodista y quizá de periódico más que otra cosa. Tuvo que pasar un tiempo hasta que tuve la primera responsabilidad seria en ese campo. Por mediación de mi padre, como tantas otras veces en mi vida, conseguí ser corresponsal en mi pueblo de un semanario. Él conocía a su director, un antiguo compañero de estudios, y le habló de mí y de mis aficiones. “Mándame una fotografía del chaval y lo haremos corresponsal”, debió decirle aquel hombre a mi progenitor.

Comencé a escribir de casi todo. Plenos municipales, sucesos, partidos de fútbol de categoría regional… Fue entonces cuando otro amigo de mi padre -y también mío- me traspasó su corresponsalía de un diario. Podía compaginar ambas y eso me ilusionaba. Ese diario competía con otro de mayor tirada y difusión por lo que yo me esmeraba mucho en darle pisotones a la competencia.

Con el tiempo llegaría a ser corresponsal del periódico que tenía más lectores, y lo hice en un gesto del que hoy me avergüenzo y que, a buen seguro, me habrán perdonado mis maestros profesionales de entonces. Un día, de la noche a la mañana, apareció una crónica mía en ese diario y el jefe del área de Regional en el que yo había empezado me llamó para decirme que eso no estaba bien, “despedirse a la francesa”. Tenía razón de sobra, si bien aquello quedó olvidado con lo que posteriormente incluso participamos en otras empresas comunes.

Ya andaba yo por la radio cuando ocurrió eso. Permanecí en ella unas dos décadas con el paréntesis de una incursión en televisión. Siempre arrastro cierto sentido de culpabilidad con la radio, que me lo dio todo y en la que aprendí cuanto puedo saber de este oficio. La abandoné un día, también un poco a la francesa, como me dijo aquel jefe mío, y eso me pesa. La televisión te hace ganar popularidad y alimenta tu ego, esa es la verdad. Pero la radio alimentaba nuestra alma cuando soñábamos con ser alguien en este difícil mundo de la comunicación. Cuando trabajábamos con máquinas de escribir, papel cebolla y calco; con teletipos que retecleaban; con discos de vinilo y con el corazón encogido cada vez que sonaba la sintonía de nuestro existir.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s