Virolas

Los ditirambos de Hugo Chaveta

 

No contento con su ditirámbica intervención en la cumbre iberoamericana celebrada en Chile, palabras que provocaron que alguien tan paciente como el Rey de España le afease su impropia conducta, Hugo Chávez volvió ayer a la carga: “La pregunta que me hago es… bueno que responda el Rey de España. Señor Rey, responda ¿sabía usted del golpe de Estado contra Venezuela, contra el Gobierno democrático, legitimo, de Venezuela en 2002?”, inquirió este paladín de la democracia al monarca como el que hace preguntas al viento.

Sin nada mejor que hacer, a la búsqueda del sueño, el zapeo me llevaba la otra noche a seguir las intervenciones en ese foro, a través de un canal satélite. Sí, ya lo sé, vaya ganas me dirán. Oí primero al boliviano Evo Morales, quizá ocasionalmente el más sensato del trío calavera que se dio cita en el evento, elenco que completarían el presidente venezolano y el nicaragüense, el sandinista Daniel Ortega que, por cierto, fue el que colmó la paciencia de Don Juan Carlos acusando de casi todos los males de su país a Unión Fenosa. Con anterioridad, una desaforada perorata de Chávez en la que prácticamente no dejó títere con cabeza, motivó la petición del presidente del Gobierno español de que se retractase. Aznar, le vino a decir Zapatero, estará en las antípodas de lo que yo pienso, pero lo eligieron los españoles. Chávez habló del colegueo con que el entonces jefe del Ejecutivo de España le trató en Caracas, durante una visita. No te convienen ciertas compañías, amigo Chávez, dice que le dijo; vente a nuestro club, asegura que añadió.

Queda meridianamente claro que Hugo Chávez, quien considera a Fidel Castro como su propio padre -como dejó claro en su ruidosa intervención- y se mira a diario en ese espejo, es un personaje con el que no convienen demasiadas confianzas. En Santiago se quiso comparar con el derrocado Allende cuando su discurso no va más allá del que se puede esgrimir en el interior de la sala de banderas de un cuartel.

Cuando el Rey de España contemplaba atónito cómo el líder venezolano interrumpía a Rodríguez Zapatero, saltó espetándole: ¿Por qué no te callas? En ese momento, el enervado Chávez no se dio por aludido. Sólo horas después volvió a la carga para insinuar la complacencia real en el intento de golpe de 2002 en su país. ¿Por qué no te callas tú, Rey?, bramó. Y se lo dijo, así a las bravas, al que paró una asonada impresentable hace más de un cuarto de siglo. Aló, presidente. Sus alocuciones no distan mucho de las que realizan sus innumerables imitadores. Aló, Hugo Chaveta.

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