Virolas

Umbral, tras el umbral

 

Al hoy tristemente fallecido Paco Umbral lo echaron con cajas destempladas de un colegio en Valladolid cuando sólo contaba con 11 años de edad. Desde entonces, jamás volvió a posar sus pies en centro educativo alguno.

Cuando la radio matutina me traía esta mañana la noticia de su muerte he reparado sobre su mala salud de hierro, sus disipadas aficiones y su vida de bon vivant. Umbral era todo eso y mucho más. Escribir, escribía como sólo él podía hacerlo. Él, que de botones bancario saltaría un día al mítico rotativo El Norte de Castilla que comandaba el genial Miguel Delibes y en el que se formaron, porque allí les brotaron los dientes profesionales, leyendas como mi admirado Manu Leguineche. Umbral, lector empedernido desde sus años mozos, recaló un día en el Café Gijón y fue desde entonces una pieza más entremezclada entre su paisaje y su paisanaje.

En Mortal y rosa nos desgranó como nadie el desgarro de la que dicen, los que la han vivido, que es la pérdida más dolorosa para todo corazón que se precie: la muerte de un hijo.

Sillas de paja infantil, graves mecedoras, caballos de crin celeste me preguntan por ti, se preguntan por ti. Con esta corporeidad mortal y rosa, donde el amor inventa su infinito.
(…)
El hijo es un relámpago de futuro que nos deslumbra. Por él, por mi hijo, he visto más allá, más adentro, y más lejos, y quizás, ay, eso basta.

Que descansen en paz.

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