Virolas

La felicidad deseada

 

Cuando me puse a su altura en aquel paso de cebra no logré atisbar si realmente era ella. Transcurría una mañana calurosa de finales de julio en una ciudad donde el sol, ya a esas horas, caía con el típico rigor suresteño. Cruzamos y la seguí. Si era quien yo creía, su aspecto físico había cambiado casi de manera radical. Su pelo, antes negro fulgente y liso, se había convertido en rubio a mechas y ahora rizado; vestía con más informalidad, usaba vaqueros y una ajustada camiseta amarilla. Por un momento pensé qué habría sido de su vida en este lustro y si su sinvivir se habría paliado en algo. Su dirección al caminar me sonó conocida. Llevaba en el brazo un bolso dorado y portaba en el otro unas bolsas de grandes almacenes en período de rebajas. No me atreví a llamar su atención cuando creí adivinar su perfil. Me pareció que sí, que podía ser ella, y la pista me la daba la nariz. La verdad es que, a ciencia cierta, no lo sé del todo. Es de esas personas que marcan vidas y sobre las que alguna vez, en momentos determinados, quisieras descolgar un teléfono y oír su voz al otro lado. Saber de su discurrir, sorprenderte y alegrarte con lo que de bueno le haya pasado en todos estos años y lamentar lo negativo de su, a veces, tremendo existir. Una de las ventajas de no ser feliz es que se puede desear la felicidad, que dijo Unamuno en una ocasión. Y qué razón tenía.

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