Virolas

Médicos del alma

 

Prueba fehaciente de que los médicos y las medicinas son los que de verdad sanan a los enfermos la encontramos todos los días. Ingresar en un centro sanitario cuando estamos bajos de defensas y dar con un buen galeno es terreno más que abonado para obtener el salvoconducto temporal hacia la prolongación de nuestras vidas. Es lo que quizá le ha ocurrido a mi padre en estos últimos días. Llegó casi derrotado a la puerta de urgencias del hospital, ingresó en un box, de allí pasó a la UCI donde estuvo más de una semana y luego a una habitación en una de las plantas del centro donde ha permanecido otros quince días. En total, casi un mes para poner casi a punto de nuevo su trabajosa maquinaria y… hasta la próxima.

En todos estos días me he autoconvencido de lo que señalaba al principio: lo que nos cura, en efecto, son los magníficos profesionales que hay dispersos por el mundo ejerciendo la medicina, así como los fármacos que éstos nos prescriben. Nadie debería dudar a estas alturas de ello amparándose en esas viejas y anquilosadas creencias anexas a un mal entendido naturismo. Conviene no obviar que hasta que el bacteriólogo Fleming inventó la penicilina, aquí la gente caía como chinches. ¡Bendito antibiótico aquel! Ahora la esperanza pasa por remediar el mal del siglo XX por antonomasia -y del XXI- como es el fatídico cáncer. Ojalá que la posible solución a través de su antídoto se encuentre muy pronto.

Sí, son los médicos, los investigadores y los productos que ellos generan los que nos curan el cuerpo cuando de ellos necesitamos. Es la lección reaprendida estos días de hospital y batas blancas. Eso, y no otra cosa, es lo que nos da fuerza para recobrar la denostada energía de la que se nos priva contra nuestra voluntad. Y hablo de cosas corporales porque si algo, de verdad, he comprendido en estas casi cuatro semanas, mientras olía a fármacos y desinfectantes en habitaciones y pasillos de una clínica, es que lo único que cura el alma de un enfermo es el amor y el cariño de los suyos, de todos cuantos le rodean, algo que se puede vivir, sentir y apreciar hasta cuando te entuban desde la inconsciencia en la soledad interior de una UCI hospitalaria.

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