Virolas

La gloria está en el Hotel George V de París

 

Cuando Nicolas Sarkozy emprendió este domingo su primer paseo victorioso hacia la sala Gaveau para recibir el calor de los suyos, su vehículo, escoltado por una docena de motos con reporteros y cámaras incorporadas, pasó muy cerca del Triangle d´Or. Justo a la altura del número 31 de la avenida Jorge V, en París, a sólo un paso de los Campos Elíseos y del Arco del Triunfo, está la gloria. Es un hotel construido en 1928 en estilo Art Decó que tiene 9 plantas y 350 habitaciones, 44 de ellas suites.

 

Alguien, sin duda con conocimiento de causa, calificó ese hotel como el mejor y quizá por eso fue y, sin pensárselo dos veces, lo compró. Cuando en 1996 el príncipe saudita Al-Walid bin Talal bin Abdul Aziz  –¿quién si no? – adquirió el George V de París, declaró que era “sencillamente el mejor hotel del mundo”. Algunos años después, renovado y gestionado por Four Seasons Hotels bajo un acuerdo de 99 años, fue la principal elección de un grupo de altos ejecutivos corporativos y financieros encuestados por la revista Institutional Investor en su vigésimo cuarta clasificación anual de los mejores hoteles del mundo. El Four Seasons George V tiene un restaurante con tres estrellas en la Guía Michelín y un precio que no está al alcance de cualquier mortal puesto que no duermes en él por menos de 700 euros la noche.

 

Apenas dos años antes de que el mencionado miembro de la realeza saudí se hiciera con este lujoso establecimiento hotelero, tuve la inmensa suerte de poder pasar en él dos días como huésped de una embajada española que, hasta la capital francesa, trasladó a un grupo de periodistas en el que me encontraba. Descubrí que en la vida uno puede alojarse en hoteles buenos, muy buenos e incluso magníficos. Y luego, siempre estará el George V.

 

Por un malentendido, el primer día me subieron el desayuno a la habitación. A las ocho de la mañana, tal y como había advertido en recepción, me despertaron. Era un miembro del servicio de restauración el que llamó a mi puerta y tras franqueársela, me saludó con dos o tres efusivos “Bonjour, monsieur!”, entró como una exhalación empujando un carrito con un copioso menú para, acto seguido, abrir cortinas y prepararme la bañera con agua templada. Siempre recuerdo esa anécdota porque fue una de las pocas veces de mi vida en que he tenido una ligera idea de cómo deben vivir los reyes o los multimillonarios.

 

Poco tiempo después supe que el George V había servido de plató para el rodaje de una película, French Kiss (1995), una comedia romántica que protagonizaban Meg Ryan y Kevin Kline junto a Jean Reno y Timothy Hutton. Cuando la ví en el cine, inmediatamente reconocí algunos de los rincones de tan majestuoso lugar y recordé gozoso que yo, aunque sólo fuera por una vez, también visité en cierta ocasión la gloria del George V. 

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