Virolas

Un tranvía llamado deseo

 

Al insigne Eduardo Mendoza lo descubrí en los lejanos años de mi servicio militar en tierras catalanas, cuando devoré algunas de sus obras. Su estilo me captó y la biblioteca del cuartel de Infantería, escasa pero suficientemente nutrida, puso ante mí sus dos primeras novelas. En aquellos días leí La verdad sobre el caso Savolta, que el autor barcelonés había escrito en 1975, y El misterio de la cripta embrujada (1979). Mientras me deleitaba con esos dos textos, Mendoza dio a luz El laberinto de las aceitunas; corría el año de 1982 y mi disfrute con las aventuras detectivescas del singular Ceferino resultaría inenarrable. A estas obras suyas les sucederían otras y variadas, pero yo ya no profundicé más en la lectura de la vasta producción de este ex intérprete de Naciones Unidas.

Ahora, asiduamente, leo sus columnas en la última de El País. La de hoy me ha resultado familiar en exceso. En mi ciudad, los actuales gobernantes –con muchos visos de repetir otro mandato– mantienen una de sus arterias principales patas arriba, construyendo un tranvía que, dicen los de la oposición, no llevará a ninguna parte. Ni siquiera a nuestra particular Malvarrosa, parafraseando a otro de mis admirados maestros, el valenciano Manuel Vicent. Esas obras son una molestia diaria para cuantos transitamos con nuestro automóvil por la zona y mucho nos acordamos, la verdad, de los ancestros de los rectores de la corporación cada vez que nos sentimos protagonistas de tamaño vía crucis. Sin embargo la cosa no me consuela demasiado ya que si los de la oposición ganaran las próximas elecciones municipales dicen en su programa que construirán un metro. Y yo, que ya viví hace unos años la que se montó en Sevilla por cuestión de aquella infraestructura, me pongo a temblar. No tanto porque dude de que sea algo necesario para solventar el insoportable tráfico superficial que nos invade, sino porque mientras duren los trabajos no habrá donde meterse.

El artículo de este lunes de Eduardo Mendoza, con protagonismo en la ciudad de Barcelona,  puede valer perfectamente para el caso de mi urbe. Sólo hay que sustituir un nombre por otro, Barcelona por Murcia. Hagan la prueba los que conozcan de lo que estoy hablando.

                  Huevos

EDUARDO MENDOZA

Unas obras interminables en una calle céntrica crean desde hace mucho un atasco perpetuo. Atrapado en él, me quedo un rato ante un restaurante chino y por una extraña asociación de ideas me viene a la memoria un manjar que la hiperbólica nomenclatura china llama huevos de mil años. En realidad son huevos de pato enterrados durante varias semanas en una mezcla de barro o estiércol, té, aserrín y no sé qué más. Ignoro si se maceran, se fermentan o se pudren, pero al cascarlos y cortarlos se han vuelto negros con vetas verdes. Su sabor es fuerte, exótico y exquisito, aunque habrá quien disienta de este último calificativo. Ni exóticas ni exquisitas son las obras públicas, que en Barcelona se realizan a un ritmo geológico: cambiar tres farolas lleva más de un mes; reformar una plazoleta, nueve o diez años. Las consecuencias para una circulación que en las circunstancias más favorables no se puede calificar de expeditiva, son catastróficas. Para paliarlas, el Ayuntamiento coloca en puntos estratégicos unos carteles amarillos que advierten del hecho consumado y proponen itinerarios alternativos. A veces añade un disculpen las molestias que sueña a cuchufleta. Al forastero, que a duras penas se orienta cuando todo va bien, estos desvíos tortuosos lo hunden en la miseria. Los autobuses, que han de ceñirse a un recorrido fijo y no pueden usar rutas alternativas, echan moho en los atascos, alteran su frecuencia y disuaden al posible usuario. Los que van en taxi se arruinan. El costo general de tanto retraso, en productividad y en combustible, debe de ser incalculable y por ello seguramente incalculado. Las mismas obras, sin duda necesarias, se podrían realizar en un tiempo mínimo si se hicieran de una en una, concentrando el personal y la maquinaria necesarios con horario intensivo, en lugar de hacer muchas simultáneamente en puntos conflictivos y con una lentitud que por fuerza ha de responder a un plan astuto o simplemente perverso. O quizá me equivoco y existe una justificación de tipo económico, administrativo o incluso electoral. Si alguien me lo quiere explicar, ya sabe dónde me encontrará: parado en un atasco, pensando en los huevos de mil años, en las obras públicas y en los atributos de quien las gestiona.                                            

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