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Manu Leguineche, nuestro Kapuscinski, nuestro maestro

Este homenaje lo he hallado en el blog de Lucía Martínez Odriozola, de Getxo (Vizcaya), periodista y profesora del Departamento de Periodismo II en la Universidad del País Vasco. El texto destila amor, agradecimiento y devoción en torno a la figura de un maestro del oficio.

 

Un gran periodista: Manu Leguineche

 

 

El sábado 20 de enero fui con dos compañeras de profesión a visitar a Manu Leguineche, el Legui, en el pueblo de Guadalajara en que ha decidido fijar su residencia, Brihuega. Es un pueblo de la Alcarria en el que el sol de invierno es uno de los mejores regalos que puede hacernos la naturaleza. Su casa, en la plaza que lleva su nombre, es otro regalo. El jardín está a la espalda de la muralla que cierra el pueblo. Es una casa extramuros, justo encima de una iglesia, y con un paisaje de colinas quemadas por el sol y la falta de agua, que produce una intensa sensación de sosiego. Me habría gustado no tener que volver a casa.

 

Manu está en silla de ruedas, después de un cáncer que lo ha maltratado mucho. Este año cumple 65, la edad de la jubilación, y su aspiración (¡Bendito humor!) es apuntarse al Imserso y aprovechar los descuentos en los viajes de autobús. La diabetes (¡Maldita oportunista!) le ha estropeado tanto la vista que solamente puede leer los titulares. No obstante, la mesa de la entrada de su casa tiene torres y torres de diarios.

 

-Manu, ¿sigues escribiendo?, ¿dictando artículos?

-He dejado de hacerlo. No creo que su lectura tenga interés.

 

El cuerpo le pesa. La fisioterapeuta le obliga a hacer ejercicios y él, con una rebeldía adolescente, se resiste a hacer todo aquello que le aconsejan los médicos.

La pregunta en estos casos es cómo tiene la cabeza.

 

-Como siempre, igual de lúcida.

Él sigue tan tímido.

-Y tan aldeano -según dice-.

 

Nos recibió en la terraza del jardín, bajo ese sol de invierno. Nos regaló con vino de la Rioja y morcilla castellana; mandó encargar un cabrito en la carnicería y que lo asaran en la pastelería; se empeñó en sacar una botella de cava, aunque lo que le gusta es el champán; bebimos un bagazo de guindas de la revolución de los claveles; evocó aquellos momentos; por fin, apareció la caja de los puros. Y hablamos y hablamos, todos en motrollón, hasta que el sol se escondió tras una de las colinas. Aún había luz cuando cogió el ascensor (que ha mandado instalar en el jardín) hacía las habitaciones de abajo. Y quedamos en vernos muy pronto.

 

Ese sábado 20 de enero de 2007 fue un día feliz.

 

Nos hicimos fotos como ésta en la que estamos Amaia Goikoetxea (la rubia), Amaia Urkia (la morena), él y yo.

 

[elblocdenotas.blogspot.com. 31 de enero de 2007]

 

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