Virolas

Fernando Arrabal y su memoria histórica

 

 

 

“Los fanatismos que más debemos temer son aquellos que pueden confundirse con la tolerancia”. Fernando Arrabal 

Arrabal volvió al programa de Quintero. Y no lo hizo para hablar de su libro. No lo necesita. Arrabal se vende por sí mismo. Él es su propio reclamo. En la entrevista estuvo melancólico y lacrimógeno para hablarnos de la monja que lo modeló en Ciudad Rodrigo, del misterio que siempre rodeó la desaparición de su padre, un teniente de la guarnición de Melilla que se mantuvo fiel a la República, y de un carcelero de Madrid. Mientras apuraba una copa interminable -creo que era de vino-, el autor nos sumergió en su pasado más remoto y que parece le atormenta todavía hoy. Su valor superdotado dice que se lo debe a la religiosa que, lejos de ver en él al demonio [su padre cree que era, figuradamente para ella, sospecha, un hombre que había quemado iglesias y violado monjas], lo acogió en su seno en la tierna infancia. Se lo enseñó todo. O casi todo lo que es.

Sobre su padre [“un santo pagano”] asegura que sigue sin saber si todavía vive. Sería un milagro. A pesar de ello, Arrabal (Melilla, 1932) sueña con encontrar algún día a su progenitor. Aunque sea en el más allá. Ni el otrora todopoderoso Alfonso Guerra, con el que tuvo un carteo amanuense, pudo dar con su paradero.

Lo del carcelero madrileño elevó el listón de las confesiones arrabalianas: lo metieron en prisión en 1967, en Murcia,  “por cagarme en Dios y en la patria” y no lograba entender los motivos de su cautiverio. Lo llevaron a la Dirección General de Seguridad y aparece el funcionario franquista con las judías estofadas y le insta a comer. “No me entra nada”, le responde el preso. “Ésta por mamá, ésta por papá…” y le acercaba la cuchara con mimo el carcelero a la boca porque “mañana tendrá usted que comparecer ante un juez y no puede ir desnutrido”. Así responde Arrabal cuando se le somete a consideración la revisión de eso que se da en llamar memoria histórica. Ésa es la España que él divisa con la perspectiva de su retiro desheredado en París, que no exilio, y en lontananza.

Borges le dijo una vez que le gustaría ser inmortal. Hay quien puede sobrevivir a su propia muerte aun no habiéndolo hecho a la de aquellos que tanto le brindaron en su existir.

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