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Bobby: muerte en la cocina

 

 

La noche que Robert F. Kennedy fue herido mortalmente en el Hotel Ambassador, otras cinco personas cayeron baja las balas del asesino: un dirigente sindical, dos periodistas, un activista del Partido Demócrata y una chica adolescente que era voluntaria de campaña.
Tomó años para que cesaran los murmullos y miradas, para que desaparecieran los investigadores y pararan las presentaciones que empezaban con ‘Le dispararon con Bobby Kennedy’. Mientras el asesinato de 1968 desaparecía en la memoria del país, sus versiones parecían destinadas al vertedero de la historia.
Una película sobre el asesinato, ‘Bobby’, se estrena en Los Angeles y Nueva York. Sus personajes no existen en la película, que -según el folleto publicitario-, “reimagina una de las noches más explosivamente trágicas de la historia norteamericana”.
Pero reconocen que ‘Bobby’ puede renovar el interés público en esa noche que, para ellos, no necesita ser ‘reimaginada’ -forzándolos a salir de las sombras y entrar en la esquina de Hollywood con la historia.
“Estoy seguro de que con la película se está haciendo un servicio”, dice William Weisel, director asociado del telediario ABC News, jubilado, que fue alcanzado por una bala en su lado izquierdo cuando estaba junto a Kennedy. “Pero no es así como ocurrió, y creo que es una vergüenza… Yo quiero recordar esa noche tal como ocurrió”.
Ninguno de esos heridos fueron consultados durante el rodaje de la película. Algunos ni siquiera se interesan en verla.
Weisel, entonces de 30 años, fue uno de las cinco personas alcanzadas por las balas de Sirhan B. Sirhan, un palestino de 24 años, cuando Kennedy se abría camino entre la atiborrada cocina del Hotel Ambassador justo después de la medianoche del 5 de junio de 1968, tras agradecer a sus partidarios reunidos en el salón de baile del hotel, para celebrar su victoria en las primarias demócratas presidenciales en California.
Paul Schrade, entonces de 43, era director regional del sindicato United Auto Workers, que había roto filas con los dirigentes del sindicato para hacer campaña por Kennedy. Fue alcanzado por una bala en la cabeza, y sangró tan profusamente que los curiosos pensaron que había muerto.
Ira Goldstein, 19, era un periodista radial novato que acababa de dar la mano a Kennedy cuando una bala le dio en la cadera. Cojeó hacia una silla y se desplomó.
Irwin Stroll era un voluntario de campaña de 17 años cuyos padres se enteraron de que había sido herido cuando lo vieron en la televisión, saliendo a tropezones de la cocina del Ambassador, con los pantalones manchados de sangre.
Elizabeth Evans, 43, era una activista del Partido Demócrata que había apoyado al oponente de Kennedy, Eugene McCarthy, pero fue esa noche al Ambassador porque apoyaba al partido. Fue alcanzado en la frente por una bala cuando se agachaba a recoger el zapato que había perdido cuando era empujada por la multitud.

 

Rara vez han estado en contacto desde esa noche, y no hay nada que los vincule, excepto ese momento compartido de la historia.
Stroll se convirtió en un exitoso decorador de interiores y murió en 1995.
Evans, según se dice, se divorció poco después del asesinato y más tarde desapareció de la escena política.
Schrade perdió su cargo en el sindicato en 1972 y volvió al taller de la fábrica. Pasó años ayudando a los trabajadores agrícolas latinos y a líderes negros en Los Angeles Sur y haciendo campaña, a nombre de los Kennedy, por una escuela en el sitio del Ambassador, que cerró sus puertas en 1989. El lunes en ese sitio empezará la construcción de esa escuela.
Weisel volvió a su puesto en la oficina de la Casa Blanca del ABC, pero 12 años después se mudó al Napa Valley, donde administra un restaurante y un hotel.
Un desilusionado Goldstein dejó el periodismo, volvió a la universidad y finalmente empezó su propio negocio. Hoy vive en una relativa oscuridad y quiere seguir así.
Tras quedar herido, dice, los agentes del Servicio Secreto lo siguieron durante seis meses, y la curiosidad pública lo convirtió en una celebridad a regañadientes. “No podía ir a ninguna parte sin que me hicieran preguntas”, dijo.
“Pensé en el asunto todos los días durante diez o quince años”, dice. “Después de eso, como si hubiera desaparecido”.
Ahora no puede recordar la última vez que miró la marca que le dejó la bala -“ahora diminuta, del tamaño de una mina de lápiz”. Y no tiene interés en ver ‘Bobby’.
“Sabía que cuando saliera la película, todo empezaría de nuevo”, dice, cansado. “No necesito verla. Yo estuve allí”.
Weisel, ahora de 68, no puede evitar su cicatriz. La enorme cicatriz de 33 centímetros corta su torso en dos, de lado a lado. Pero para él, esa secuela física fue el único daño.
Pasó semanas como huésped del Beverly Hilton, recuperándose de la cirugía. El ABC trasladó a su madre; sus amigos lo visitaron desde Washington, D.C. “Fue maravilloso”, recuerda.
Se reunió brevemente con la familia de Sirhan; la madre del pistolero, Mary, quería pedir disculpas. “No quería ir”, se queja Weisel. “Mi madre me dijo: ‘Tienes que ir’. Así que fui. Salí al vestíbulo, y sus hermanos estaban haciendo venias y avergonzados. Traté de sonreír”.
Cuando Weisel volvió a Washington, se convirtió en un elemento fijo del circuito político y social. “Me invitaban a fiestas donde ni siquiera conocía a la gente”, dice. “Veía a gente que murmuraban sobre mí: ‘¿Ves a ese tipo? Le llegó el segundo balazo'”.
Pero su fama también le significó momentos incómodos. Meses después del asesinato, se encontró con el ex gobernador de Alabama, George Wallace, cuando cubría un evento político. Recordó a Wallace mirándolo con desconfianza, para decir luego: “No quiero que estés cerca de mí”, como si Weisel pudiera atraer otra bala. Cuatro años después, Wallace fue baleado en una manifestación. Quedó paralítico de la cintura para abajo.
Weisel conoció de primera mano el largo brazo de la ley. Dijo que descubrió más tarde que funcionarios policiales habían visitado su ciudad natal en Pensilvania, y habían interrogado “a mi abuela, a mi profesor de tercero… Mi madre me dijo: ‘Tu abuela llamó, llorando’. Estaban haciendo todo tipo de preguntas: ‘¿Es comunista? ¿Es un buen estudiante?'”
A diferencia de los otros que quedaron heridos esa noche, Weisel no apoyaba a Kennedy. Robert Kennedy era un político difícil de cubrir para un periodista, dijo, debido al fervor de sus partidarios. Los Kennedy “eran tan populares que la gente te robaba todo lo que llevabas: tu reloj, chapas, anillos, cualquier cosa que él hubiera tocado o de alguien que lo hubiera tocado a él”.
Schrade también recuerda ese entusiasmo; es lo que lo inspiró a tratar de mantener vivo el legado de Kennedy.
“Me tomó mucho, mucho tiempo superar esto”, dijo. “Yo estaba muy enfadado, muy triste. Lo que me salvó, lo que me hizo entender dónde estaba yo, por qué había pasado, fue meterme en temas de justicia social”.
Schrade se enteró de que la película ‘Bobby’ estaba siendo rodada según los típicos cánones de Hollywood. Se enteró por un vecino, el hijo de un amigo del escritor y director de ‘Bobby’, Emilio Estévez.
“La película es más Hollywood que documental”, dice Schrade, que asistó a una proyección de preestreno. “Pero es realmente bueno para la gente joven, en particular. Hicieron un buen trabajo presentando a Kennedy con clips de discursos y tomas de video” que captan el idealismo de esa época.
Schrade no puede evitar hacer proselitismo. “Bobby era el único candidato que fue a visitar a los jornaleros en Delano, que fue a Watts… El único que hablaba por la gente pobre, y que estaba contra la guerra de Vietnam.
“Ahora mira dónde estamos, de vuelta a cero. Ahora hay una guerra sucia, ilegal, inmoral. Mira el huracán Katrina: dejó al descubierto cómo tratamos a los pobres”.
Pero se niega a atormentarse a sí mismo con la pregunta: ¿Qué hubiera pasado si…?
“No puedo entrar en el juego”, dice. “Antes que nada, es demasiado doloroso. Pero además, ¿para qué sirve? Estamos donde estamos… Su legado es suficientemente bueno como para solucionar los problemas que tenemos ahora”.

sandy.banks@latimes.com

 

[Los Ángeles Times. 17 de noviembre de 2006]

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