Virolas

Contraste con mi bisabuelo

 

Éste que ahí veis pasa por ser el mayor referente ancestral que conservo de mis congéneres. A decir verdad, en poco o en nada me parezco a él. La vida, que te lleva por los derroteros que lo hace. Ni uso sombrero, ni amo la caza, ni tampoco a animal alguno que no sea más o menos racional. Un desastre, para qué os voy a engañar. Sé que su sangre corre por mis venas, que vivió otro tiempo, de tonos grises, de penalidades varias, de pana añeja y de olor a humo de chimenea. No sé si yo hubiera sobrevivido entonces a tan rocosa escenografía.

La generación que a él sucedió sí que le fue a la zaga. El hijo, al que no recuerdo nunca tocado en su cabeza, gastaba escopeta y perro. Pero yo no. Nunca lo hice, ni me gustó ni interesó ejercitarme en el arte de la montería. Hasta en el servicio militar mis primeros disparos jamás buscaron diana sino la mera explosión que liberara al proyectil. Qué desastre de soldado.

El retrato que podéis contemplar presidió mi infancia en aquella casa lúgubre, fría y de olores tan característicos. Hasta los roedores huirían de ella si hubiesen hallado mejor cobijo. Una vez se coló un gato y salió escaldado. Por allí tampoco se dejó caer perro alguno porque, como ya digo, no somos gente amante de los animales. Las fieras, para el circo y enjauladas. 

En aquellos días tuve ocasión de imaginarme muchas historias que, a lo mejor, hasta sucedieron. Soñé que era descendiente de un cazador de elefantes que, en plena selva virgen, abatía ejemplares y recolectaba preciados colmillos de marfil. Luego me despertaba y me topaba con la cruda realidad.

Aquel retrato en blanco y negro, con ese marco desvencijado de madera al que siempre daba la umbría, fue un referente en mis primeros años de vida. Hoy, al volverlo a ver, me siento en él reflejado. Como los retoños del jazminero del patio, la imponencia del aljibe, el fresco olor de la lejía, la temperatura del agua de la pila y, por qué no decirlo, también el insoportable olor del excremento de los gatos que por alrededor de las cuadras pululaban.

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