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Escrito de mujer

Tirando a dar

Maltratadoras 

Por Ana María Tomás

Según los expertos en comportamiento sobre el maltrato, una de las primeras pautas que suelen llevar a cabo los maltratadores es el alejamiento del maltratado de su entorno familiar, social y, si pueden permitírselo, del laboral.

En estos casos, se habla casi siempre del maltratador, es decir, masculino, como si este tipo de comportamiento fuera exclusivo del macho. Pues no lo es. Puede que sí lo sea mayoritariamente, pero no específico. Las mujeres maltratadoras, que las hay y mucho más de lo que nos creemos, actúan de igual manera aunque el procedimiento y las armas sean diferentes. Aquí todo es más sutil. La violencia primaria, brutal, del macho pasa a ser en la mujer de una astucia casi imperceptible, suave como pluma de ganso, y apenas apreciable en su proceso. Primero es una comida esporádica con sus amigos o familia, después una reunión aquí, otra allá, por supuesto siempre en el entorno de ella. Entretanto, amigos, familia y mundo de él van quedando cada vez más lejos, tan inversamente proporcional a como va instaurándose el universo de ella.

La coacción celosa y feroz del macho maltratador para hacer cumplir su voluntad pasa a ser en la maltratadora un connotado premio o castigo de sexo o indiferencia. Si su voluntad se cumple según sus expectativas perfecto. Habrá sexo. Que él no se pliega a los deseos de ella entonces entre acto y acto no sólo habrá cigarros, sino cartones. Pero entonces todo es más siniestro, más vergonzoso y, por supuesto, más callado que cuando es una mujer la víctima del maltrato.

Él, por ese estúpido orgullo de macho, no sólo silenciará la manipulación a la que está siendo sometido (si es que es consciente de ella), sino que alardeará ante sus amigos de tener siempre la última palabra, aunque ésta sea: «sí, cariño», y de formar la pareja perfecta; no dudará en poner de relieve, ante conocidos, las artes (amatorias, culinarias o negociadoras) de ella y no hará ni el más leve comentario de lo que, para los más cercanos y a ciertas alturas del tema, esté más que claro.

Y poco a poco, o mucho a mucho, perderá totalmente, sin apenas darse cuenta, la dignidad, y se alejará, esta vez conscientemente, de todos los suyos para no tener que leer en sus rostros su propia vergüenza.

Pero seguirá con ella, permitiéndole que, una vez arrebatado su espacio, su dignidad, y hasta su vida, lo siga utilizando, humillando, manipulando incapaz de verse con otros ojos que no sean los de ella, rebelándose, incluso, contra aquellos que todavía se atrevan a denunciarle, ante su indolencia, su propia situación.

Habrá quienes piensen que no les está mal empleado, que bastante tiempo ha sido de ellos el monopolio de los maltratos; que apenas es uno o ninguno los que abren las noticias por haber sido asesinados por sus parejas, mientras que ya llevamos un buen número, mejor dicho, un mal número de mujeres muertas a manos de ellos pero aceptar eso o confundir la justicia con la venganza no sólo no nos devuelve la vida de tantas mujeres asesinadas, sino que nos hace descender hasta los bajos y miserables fondos del ser humano en donde la bestia no tiene género alguno.

[La Verdad. 4 de noviembre de 2006]

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