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Otra perla de Manuel Vicent

A LOS HÉROES

 

Por Manuel Vicent

 

Siendo el periodismo una de las profesiones más arriesgadas, es al mismo tiempo una de las más desprestigiadas. Son innumerables los idiotas y truhanes que andan metidos en este oficio, en el que se hace patente una de las lacras del mundo moderno: la diferencia insondable que existe entre el poder de los medios de comunicación y la debilidad de pensamiento o las bajas pasiones que lo sirven. La charlatanería, la maledicencia y la estupidez cubren hoy el planeta a caballo de las más refinadas conquistas de la técnica. Aquel tonto, que era feliz con un lápiz, hoy puede haberse convertido en un descerebrado con un micrófono en la boca dedicado a lanzar insultos al prójimo, que a través del universo pueden llegar hasta los pies del Altísimo, el cual se queda tan ancho; o en un ambicioso cuyos delirios de grandeza se convierten cada mañana en titulares espasmódicos de periódico o en chantajista capaz de sacar tajada de la debilidad humana. Sobre esta basura mediática se ven obligados a sentarse otros periodistas que sólo pretenden cumplir con su deber de informar correctamente a los lectores. Son unos profesionales anónimos, duros de pelar, fiables e incombustibles. Cada mañana llegan a la redacción y tratan de cocinar ordenadamente todas las miserias del mundo que vomitan los cables, sin esperar nada de la vida que no sea poder mirarse al espejo sin sonrojarse. No hay forma de que se sorprendan de nada. Ninguna catástrofe le hará mover una ceja. Cuando se cumple la hora exacta, al final de una jornada de trabajo, apagan el ordenador, se toman una copa en un bar y vuelven a casa, se estiran en el sofá y en el momento del telediario sólo miran la pantalla de soslayo porque conocen cada noticia desde el revés de la trama. Y después están los héroes. Si el periodismo es una profesión muy arriesgada es porque también está servida por unos tipos, que no dudan en acercarse al plato del mastín, jugándose el pellejo, con el único propósito de servir a la dignidad humana y al derecho de la sociedad de estar informada de las brutalidades de los tiranos. La periodista rusa Anna Politkóvskaya baleada recientemente al salir de su ascensor en Moscú estaba escribiendo una crónica que sabía muy bien que le podía costar la vida. Pese a todo, no bajó los brazos. Otros están en la cárcel o mueren en las guerras. Esta profesión seguirá podrida por la base mientras estos héroes y tantos periodistas insobornables deban compartirla con una caterva de idiotas y pequeños canallas.

 

[El País.15 de octubre de 2006]

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