Entrevistas

La dos muertes de Luis Rosales

 

El poeta Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) llegó a Murcia a dictar una conferencia en la década de los 80 del siglo pasado cuando sobre él aún pesaba como una losa su presunta implicación en la detención de Federico García Lorca, hecho que derivó en el fusilamiento del fundador de La Barraca en una cuneta entre Víznar y Alfacar. Eran tiempos -cuando conocí a Rosales- en los que la restauración democrática reavivó la encendida polémica por aclarar las circunstancias de una de las muertes más absurdas y difícilmente comprensibles en una contienda como aquélla. Rosales se rebelaba contra los que hacia su persona apuntaban con el dedo acusador. Federico era su amigo y pretendió, si bien en vano, salvar su pellejo hasta el último instante. Ésa era su verdad.

Esquivo, el poeta y académico rehuía los envites que le formulábamos. Era ya un señor mayor al que le preocupaba más acabar con placidez los días que el destino le deparase que enzarzarse en batallas que en nada servirían para resucitar el cadáver del amigo caído con vileza.

Rosales había explicado, en una de las contadas veces que quiso abordar tan desagradable circunstancia, que a Federico se lo llevaron a empellones de su casa el 16 de agosto, en la que se refugiaba desde el día 9, en los albores de la Guerra Civil. Ausentes él y sus hermanos, se encaminaron armados hasta el Gobierno Civil granadino para reclamar por tamaño atropello con la autoridad que les daba ser camisas viejas de la Falange local. Allí se encontraron con las más absolutas incomprensión y demencia en unos días turbios y desaforados envueltos en la sinrazón.

“Cuando fui a reclamar a Federico había cien personas en el Gobierno Civil, en una sala inmensa que había allí. ¡Cien personas! Era muy tarde ya, y me dejaron ante un teniente coronel de la Guardia Civil, cuyo nombre no recuerdo. Allí, en medio de aquella sala inmensa, presté declaración (…) Íbamos armados. Allí yo no conocía a nadie. En mi declaración dije que un tal Ruiz Alonso, al que yo no conocía, había ido aquella tarde a nuestra casa, una casa falangista, y había retirado a nuestro huésped –Federico García Lorca– sin una orden escrita ni oral”. 

A Rosales aquello le costó su encarcelamiento y casi su muerte. Al poeta le salvó la fuerte multa que su familia pagó para evitarlo y la presencia en Granada de un personaje que pudo ser clave también en la salvación de Federico de haberse personado en la ciudad días antes: el dirigente falangista Narciso Perales.

Los años pasaron. Y la producción literaria de Luis Rosales fue creciendo con el estigma siempre arrastrado de los hechos acaecidos en un barranco granadino. En el año 1982 le otorgaron el Premio Cervantes, la distinción literaria más importante de nuestro país. Sobre todo su poesía, aunque también su cuidada prosa, le valieron un lugar entre los grandes procediendo de la mítica y devastada generación del 36. Para esa ocasión quiso enaltecer el valor de nuestra lengua con palabras sentidas y meditadas:

“La tarea de escribir no es la más apreciada entre nosotros. Sin embargo, esta labor estabiliza la unidad de la lengua, la mantiene en estado naciente e influye en su proceso de crecimiento. La lengua crece o degenera. Nunca se encuentra en el mismo punto y es necesario defenderla. A quien tenga poder para hacerlo corresponde esta obligación. Es necesario defenderla y es necesario hacerlo a tiempo. El lenguaje no es sólo un medio de comunicación. La lengua es nuestra patria: hemos nacido a ella y hemos vivido en ella. Mas la lengua es también la frontera de cada hombre. Delimita la vida personal y perfila nuestras virtudes y nuestros vicios, nuestros valores, nuestros saberes y nuestros poderes. En la lengua que habla se ve el rostro de un pueblo. Guarda todos sus rasgos y es igual que un espejo interno. Un espejo de adentro. Ahora bien, como la lengua no es sólo un medio de expresión, sino un sistema de instalación vital, si no la hablamos correctamente es porque no vivimos plenamente. Quien no habla bien su lengua no ha aprendido a vivir. Quien la habla mal, vive a traspiés. Hay que tenerla a punto y, sin embargo, desde hace ya bastante tiempo se habla en España de una manera descuidada y defectuosa. Es un error muy grave: quiere decir que no vivimos a la altura de nuestro tiempo”. 

Su devenir político derivó, incluso, a aceptar ser incluido en una plataforma intelectual que aupó al socialista Felipe González en la presidencia del Gobierno en 1982. Siempre vivió, desde ese día de agosto de 1936, soldado a la desaparición de un mito y ello fue quizá la causa de su primera muerte; la segunda y definitiva le sobrevino en Madrid, en octubre de 1992.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s