Entrevistas

Maya Plisétskaya: la rosa que nunca se mustió

 

En febrero de 1988 acudió a Murcia para reinaugurar el Teatro Romea. Fue una tarde memorable, presidida por la Reina Sofía y con Camilo José Cela entre el público. Estaba al frente del Ballet del Teatro Lírico Nacional. La diva bailó sobre el escenario como sólo ella podía hacerlo; contaba ya con 63 años de edad. Pero se deslizaba junto al cuerpo de baile y costaba distinguirla de entre las jóvenes. ¡Quién lo dijera!

La bailarina y coreógrafa Maya Plisétskaya, Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2005, cuenta su vida y su carrera en una autobiografía que acaba de ver la luz en castellano. Recientemente asistió en Madrid a la presentación del libro, en la Sociedad General de Autores y Editores, y dejó constancia de su amor por España nacido en su más tierna infancia.

Vio la luz en 1925, en un momento de revolución en el que lo principal era sobrevivir y buscar un poco de libertad; la muerte de su padre, ejecutado por orden de Stalin en 1937, la deportación de su madre con su hermano al gulag y el hecho de ser considerada “hija de un enemigo del pueblo” forman parte de estas vivencias plasmadas por la artista, quien gracias a sus tíos comenzó su carrera como bailarina en el mítico Bolshoi.
‘El Quijote’, ‘El Lago de los cines’ o ‘La muerte del cisne’ constituyeron su tarjeta de presentación ante el mundo que la quiso ver y admirar. La censura política y artística que impidieron a Maya Plisétskaya viajar fuera de su país, le hicieron pensar hasta en el suicidio en numerosas ocasiones, tal y como ella misma nos confiesa a lo largo del mencionado libro.
El New York Times la definió como “la Callas del ballet” en su primera visita a la ciudad de los rascacielos.
Hoy, Maya Plisétskaya tiene 81 años.

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“El primer disco que oí en mi vida fue “Carmen”. Yo tenía 7 años y aún no bailaba. A los 10, en la escuela coreográfica me entusiasmaba ‘La jota española’ y la bailaba con placer. Luego, en el teatro he bailado ‘Don Quijote’ o ‘Fuenteovejuna’, ballets clásicos sobre tema español, y mi esposo me escribió ‘Imitación de Albéniz’ y ‘Carmen suite’ en donde se hacía realidad este sueño que me persiguió desde siempre”, nos contaba.

A veces la vida te trata a golpes pero, aseguraba, “lamentarse no sirve de nada”; señalaba que todo lo que ha hecho ha sido superando “mucha resistencia” y por eso está ahora donde está.

Con astuta sabiduría y sobre las claves de su longevidad profesional, la Plisétskaya expone el siguiente ejemplo: “Es como los cientos de rosas que me regalan, las cuido y les cambio el agua diariamente, pero al final todas acaban mustias, menos una. Pues eso mismo ocurre con las personas”.

-¿Qué supone Carmen para usted, que está considerada una primerísima bailarina allá donde actúa?

“Carmen me gusta especialmente por su carácter. Por lo que creo que tiene de española y, ya le digo, es que España siempre me ha atraído. No sé, el individualismo, el aventurismo, lo diferente que es de los demás… Todo eso es lo que me gusta de ella. Yo siempre he querido ser distinta y, en cambio las gentes, creo yo, tienden siempre a ser iguales. Sí, es verdad, en unos sitios mucho más que en otros. Por eso me gusta España”. Llevaba muchos años pensando en Carmen cuando encontré a un coreógrafo, un poco por casualidad, que me ayudó a crear exactamente el tipo que yo buscaba. Todo el mundo en Moscú esperaba ver otra cosa. Una Carmen clásica, a los modos y maneras habituales del Bolshoi. Mi Carmen no gustó a nadie; es más, hasta fue prohibida cierto tiempo. Yo insistía y hasta pensé en retirarme de la escena si no salía vencedora. Era el año 67, y entonces yo comprendo que fue como una bomba. Como una profanación. Al cabo del año conseguí estrenarla. Y al público le gustó más que a la ministra de Cultura, que la rechazaba y le hacía decir “a dónde vamos a llegar”. Me costó, pero vencí. Carmen es uno de los mejores espectáculos de la Unión Soviética. Con la misma coreografía se representó en diez teatros de la URSS”. 

-¿Qué sensación tuvo cuando la representó por vez primera en España?

“Un miedo espantoso. Me temblaban las piernas y las manos. Es la primera vez que he sentido ese miedo tan grande. Era ponerme realmente frente al toro, frente a unas gentes que son las únicas que luchan con el toro”. 

Maya Plisetskaya comenzó a bailar a los ocho años; asistía a una escuela especial de ballet en Moscú.

“La obligación nunca me ha gustado. Por eso me atrae Carmen. Y haciendo sólo lo que más me ha divertido he ido haciendo mi carrera. De todos modos la constancia es fundamental y hay que entrar a clase todos los días. Una hora diaria. Pero no me gusta”. 

Pieza fundamental en sus vivencias es su marido, el pianista Rodión Shchedrín, quien compuso para ella hasta cinco ballets.

“También él, desde muy joven, soñaba con venir a España, pero, ya ve, no ha sido posible que me acompañara. Pero vendrá, vendrá pronto. Seguro. Hijos, no, no tengo. En esta profesión hay que elegir: o hijos o ballet. No es posible compaginar. Y yo he elegido el ballet. Sé, además, que con mis bailes ofrezco algo a la Humanidad. Muy poco, posiblemente, pero algo. Y pese a que trabajo menos que los demás, pese a que mi sacrificio es menor que el de otros bailarines y bailarinas, el único lugar donde me encuentro a gusto es en un escenario”. 

-¿Usted ha hecho alguna incursión en cine, ha rodado alguna película?

“La experiencia me ha entusiasmado. Me encanta el trabajo de actriz. Mi madre fue una buena actriz dramática. Y algo he heredado de ella”. 

-¿Qué contrastes percibe entre la España que ha conocido y su tierra? 

“Quizá lo que más me ha sorprendido de aquí es la alegría de sus gentes, ver cómo disfrutan en los restaurantes con la comida y la bebida; notarlos aparentemente tan felices; el culto a la belleza y a la fuerza que aquí se intuye. Es curioso la vida tan agitada que llevamos en todos los países. Lo deprisa que vivimos… Yo en Moscú hago una vida muy independiente, muy a mi aire, a lo mejor no como es debido. No, el único privilegio que yo tengo en mi país es que soy querida y admirada por casi todos los ciudadanos, que me paran y me besan por las calles”.

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Ya había llegado Gorbachov con su perestroika… Y meses después caería el muro de Berlín. Maya nos había hecho un gesto cómplice barruntando lo que podría cambiar el mundo…

Gracias mil, recuerdo ahora, a quien nos ayudó en la charla con su valiosa traducción. 

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