Virolas

La Gran Vía

Antonio López podría haber proseguido la labriega labor familiar de no cruzarse en el camino su tío, quien detectó en él condiciones más que óptimas para la pintura. El primer quinquenio de la década de los 50 lo empleó el artista de Tomelloso, con suficiencia probada, en formarse en la Escuela de Bellas Artes madrileña. Al finalizar sus estudios viajó becado a Italia donde acrecentó su devoción por el barroquismo de Velázquez en detrimento de la pintura renacentista. Vermeer sería su otro referente.

Leo en una entrevista que en 2003 le hizo Enrique Boix en Las Provincias: “Yo empecé a los 13 años, cuando sentí dentro una llama abrasadora, como un incendio. Sentí que la pintura era lo que más podía gustarme del mundo. No he perdido pasión en el trabajo, aunque a veces te canses. Esa llama contiene la emoción que la vida te produce y la necesidad de contar eso”. 

Esta Gran Vía (1974-1981) es uno de mis cuadros favoritos, no sólo de Antonio López, sino de mis preferencias pictóricas en general. Su hiperrealismo siempre me resultó impactante. No es extraño que se apele a la lentitud con la que pinta pues siete años empleó en concretarla. Es la arteria que yo recuerdo de mis viajes a la capital de España en el utilitario paterno. Es la gran avenida que recorro en solitario en mis contados viajes hasta allí, sumergiéndome entre una multitud variopinta y alocada que vive el día a día en el corazón de una ciudad con cuatro millones de almas.

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