Weblog de Manuel Segura

LA VIROLA HERMENÉUTICA

Mes: mayo, 2010

Compartir tras deshacer

Fue durante el reencuentro fraternal de tres amigos, casi inseparables en la infancia, cuando uno de ellos dijo aquello de que el matrimonio era como una lotería. Ya venía barruntándomelo tiempo atrás, y no diré que me alegrara de que alguien lo corroborase. Cada día es más difícil convivir. No sé si ello se lo debemos al mundo que nos envuelve, al arrebato que nos arrolla o a la prisa constante que nos acorrala. Lo cierto es que las parejas se disuelven cada vez con más celeridad, sin tiempo casi para conocerse. Quien tiene pareja, tiene un tesoro, podría decirse ahora, a tenor de cómo va el asunto. Saltamos de sorpresa en sorpresa, y te enteras que hasta una, a la vuelta del viaje de bodas, decidió deshacer el poco camino andado y dijeron aquello de tú a tu casa y yo a la mía, como si nunca hubiera ocurrido nada. Los paganos, los grandes paganos de esas situaciones, suelen son los hijos, convidados de piedra al banquete de la desunión de sus progenitores.

Yo no sé si la solución será la custodia compartida para estos casos, tal y como se está planteando ahora en comunidades autonómas como la aragonesa. Imagino que a ella se agarrarán con ahínco los padres –y madres– a los que ver con asiduidad a sus descendientes les resulte un gesto ímprobo cuando no imposible. Pero me da el pálpito de que ese tipo de conciliación debiera circunscribirse a quien, pese a la separación, mantiene un trato civilizado y nunca rayano en la guerra sin cuartel. Que los niños se trasladen periódicamente de un domicilio a otro, dicen los psicólogos, es lo de menos, pues se adaptan camaleónicamente y con versatilidad a tales mutaciones. Lo peor siempre será convertirlos en mercancía para intentar sacar réditos espurios en donde nunca hubo acaso una pizca de cordura.

Diario de un prodigio (LXX)

En la estancia judicial se distribuían media docena de funcionarias por tan sólo un varón. No le di la mayor importancia, habida cuenta de que uno ya va siendo muy consciente de andar en franca minoría por estos mundos de Dios y en casi todas las facetas. Mientras resolvíamos el papeleo que hasta allí nos condujo, observé la decoración de la oficina, muy propia de lo convencional que resultan aquellos sitios donde, y para eso estarán las excepciones que confirmen toda regla, siempre te da la sensación de que se despacha el futuro del ser humano como si de cuarto y mitad de salchichón se tratara.

Saltó a mi vista que todas las funcionarias colgaban de las paredes y armarios fotocopias de tipos de cuerpo danone o de aquel mismo jaez del que apareciera descargando coca-colas en el anuncio televisivo mientras ellas miraban obnubiladas desde la ventana del trabajo. Como un resorte, dirigí mis ojos a la mesa del funcionario. A nadie hubiera extrañado que, en aquel contexto, el hombre hubiera colgado, a modo de compensación, algún presente de Jennifer Lopez o Elsa Pataky. No diré ya que el tipo cayera en lo chabacano del típico/tópico calendario del taller de reparación de coches, con la consiguiente modelo en actitud de ir pidiendo guerra. Pues no; ni lo uno ni lo otro. En el armario situado junto a la mesa del varón colgaban cinco o seis fotografías de pilotos de motociclismo, que debe ser este deporte, el de las dos ruedas, su auténtica pasión confesa, me supongo.

Cuento esto al hilo de lo que han cambiado las cosas. Y me pregunto qué pasaría si en una estancia administrativa, seis caballeros colgaran fotos de señoras de buen ver, aunque fueran vestidas, para deleite de sus sentidos. Pues que los tacharían de machistas y que, es más que probable, los obligaran a retirar la cartelería con cajas destempladas.

Ah, por cierto. Los modelos masculinos de las fotos antes mentadas no posaban con smoking de Armani o diseños blazer de YSL. No. Los había que exhibían su fastuosa caja pectoral con toda la naturalidad del mundo, para regocijo de aquellas miradas perdidas en la rutina de una tediosa jornada laboral. Pero claro, esto lo digo yo que, a estas alturas, ya estaré siendo víctima de algún vudú, al tiempo que calificado como corresponde por quienes siempre pretenderán ver la paja en el ojo ajeno y nunca en el propio. Es lo que nos ha tocado ver y, a fuerza de no ir contracorriente, tener que comprender por fas o por nefas.

El buen samaritano

Ahora, cuando el equipo de fútbol de su pueblo, el centenario Águilas C. F., da sus últimos coletazos, Alfonso Escámez López se ha muerto a los 94 años de edad. Nació con el año, el de 1916, en ese idílico rincón de la costa murciana. Yo tuve ocasión de conocer al banquero de envidiable currículum, el que recorrió todo el escalafón desde abajo para llegar a la cúpula, en su domicilio aguileño. Fue durante un verano, a mediados de la década de los ochenta, en el que se disputó en el Campo del Rubial un trofeo futbolístico que llevaba su nombre. Jugaban el Real Murcia y el Águilas. Los periodistas que acudimos a cubrir aquel partido nos apostamos en la tribuna principal del campo, en la que recuerdo a un Escámez exultante presidiendo con las autoridades locales, y unos asientos tras de mí al locutor de deportes de los telediarios de mi niñez, Miguel Ors.

Al concluir el partido, el presidente del Banco Central tuvo a bien invitar a los directivos del Real Murcia y a la prensa a cenar en su casa aguileña. Fuimos hasta allí y recuerdo que llegué de los primeros. Nos abrieron la verja unos guardias de seguridad quienes, tras franquearnos la entrada, nos condujeron hasta el interior del chalet. Allí había dos amables señoras, muy solícitas, que nos preguntaron qué queríamos tomar. Y nos atendieron ellas mismas. Pensé, en ese momento, que pertenecerían al servicio. Mas no era así. Luego alguien me aclararía que eran la esposa de Escámez, Aure, y su cuñada y esposa de su hermano Antonio, el director general del Central. Dos señoras, me dije, a las que no se les caían los anillos por ejercer de anfitrionas con unos jovenzuelos periodistas.

Alfonso Escámez nos atendió de maravilla aquella noche en su residencia veraniega. La cena fría en el jardín resultó exquisita, no tanto por lo servido –que estaba delicioso– como por el ambiente que se respiraba. No me dio la sensación de estar en la casa de uno de los hombres más importantes del país, en la de quien pocos años después sería condecorado por el Rey con un marquesado. Todo era normalidad y amabilidad aquella noche.

He recordado ahora esa velada, tras saber de su muerte. La de alguien que, basta con visitar Águilas, hizo mucho por su pueblo y sus paisanos. Aunque es posible que, como vislumbrara una vez la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, nadie se acordaría hoy del buen samaritano si además de buenas intenciones no hubiera tenido dinero.

Faena de abrigo en la Gran Vía

Serían las ocho de la mañana de aquel gélido día de enero cuando, en el paseo de la Virgen del Puerto, los lugareños de la capital se sobresaltaron con una aparición que les resultaría alucinante: un toro negro y bien armado en su cornamenta, que se hacía acompañar por una vaca, arribaba desde el puente de Segovia buscando guerra. Las reses, luego de recorrer la empinada Cuesta de San Vicente, se plantaron en la mismísima Plaza de España. Allí hubo ocasión para que algunos lidiadores circunstanciales hicieran de las suyas con poco tino, dicho sea de paso, pues los animales –en especial, el toro bravo– salieron más que airosos del lance. Deambularon sueltos por la calle del Conde de Toreno hasta llegar a la de Leganitos. Allí, una mujer sexagenaria que respondía al nombre de Juana y que emprendía la huida presa del pánico, se trastabilló siendo volteada por el morlaco, que no llegó a ensañarse con la víctima quien, malherida, fue trasladada a la próxima Casa de Socorro. Junto a ella sería atendido de un puntazo un hombre llamado Anastasio que, en un honroso gesto de valor, pretendió distraer al animal y así evitar males mayores con la mujer alcanzada. Tras este episodio, con ribetes de tragedia, toro y vaca se llegaron hasta la Corredera Alta de San Pablo, irrumpiendo en el mercado de San Ildefonso que a esa hora comenzaba a hervir. Allí, ante el pavor de la muchedumbre que huía como alma que lleva el diablo, la emprendieron con los puestos de venta, cebándose con los situados en la esquina de la calle de la Palma y, en especial, con los de frutas y verduras, degustando la variedad de plátanos así como los repollos y otra suerte de hortalizas. Una vez colmado y quién sabe si saciado su enorme estómago, el toro recorrió la calle de la Corredera para desembocar en la arteria principal: la Gran Vía.

El festín taurino llevaba ya tres horas de celebración cuando el bicho hizo acto de presencia en la avenida del Conde de Peñalver. Al paso del animal, caían las persianas y las cerraduras se enclavijaban de cuantos comercios y demás establecimientos hallaba en su trasiego. Dos guardias de seguridad, de nombres Manuel y Basilio, y que transitaban por la zona, buscaron infructuosamente poner orden entre la maraña de gentes que corrían despavoridas. La desgracia cobró su factura con un guardia urbano llamado Agustín quien, de paisano, circulaba por la avenida y al que el animal lesionó de forma leve en una de sus manos y en un lado de la cara.

La Fortuna –sobrenombre con el que además se le conocía en el mundillo– quiso que a esa hora paseara por la Gran Vía un matador de toros que, acompañado de su esposa, caminaba en dirección al domicilio de sus suegros. Su nombre era Diego. Consciente del desaguisado que la bestia podía ocasionar, se despojó de su prenda de abrigo y se dispuso a lidiar con el astado. Fue capaz de templarlo, al tiempo que desde el cercano Casino Militar se le hacía llegar un sable para que lo estoqueara. El diestro, al ver tan singular espada, la consideró inútil para la faena en cuestión, por lo que optó por enviar a un muchacho quinceañero al garaje de su casa, ubicada en la calle de Valverde, y que retornara con el estoque que solía llevar en el maletero de su automóvil. Un cuarto de hora tardó el chaval, al que todos llamaban Juanillo, en hacer tan apremiante encargo, tiempo que el torero empleó en bregar en una improvisada faena con el animal, que ya empezaba a dar las primeras muestras de fatiga. Desde los balcones, las gentes contemplaban incrédulas la escena, y unas modistillas incluso jaleaban al diestro en cada lance que protagonizaba. Desde la cercana comisaría se enviaron numerosos efectivos, tanto a pie como a caballo, para controlar a la ingente multitud de curiosos que en la zona se había dado cita. La llegada del mensajero con el estoque fue recibida con una ovación de gala, a la que siguieron otras de similar jaez cuando el torero ejecutó varios pases para cuadrar al cornúpeta. Tras la faena de abrigo, el diestro entró a matar cruzando los brazos, aunque sin desviarse, y clavando una media estocada que hubiera sido calificada de aceptable desde los tendidos de la plaza de la carretera de Aragón. La ovación resultó todavía más estridente que las anteriores, jalonada con algún temeroso ¡ay! de las féminas que lo observaban. No cayó al instante el animal a tierra, por lo que aún precisó varios pases antes de pasar al descabello. Fue entonces cuando, al ir a ejecutar esa suerte, resultó herido un agente policial que, de forma un tanto imprudente, se había acercado al toro. Y hubo de ser en el segundo de los intentos cuando la res cayera fulminada sobre los adoquines, al tiempo que la multitud enloquecía ante la visión de tan singular espectáculo, rayano el mediodía. Las modistillas, desde su atalaya, incluso pedían la oreja blandiendo sus níveos pañuelos bordados. El matador, inmóvil junto al toro caído, no daba crédito a la escena. De pronto, unos hombres robustos lo cogieron en volandas y lo subieron a hombros, paseándolo hasta un café de la cercana calle de Alcalá. Allí remojaron el gaznate y redactaron un pliego, que recorrió la Gran Vía y calles adyacentes, en el que se solicitaba mediante firmas de adhesión que se le concediera la Cruz de la Beneficencia a tan arriesgado y heroico matador. Mientras esto iba ocurriendo, al toro lo cargaron en un carro, lo cubrieron con una especie de tela marrón y lo evacuaron al matadero. Al deshecho bóvido lo acompañaban el ganadero y propietario de la res extraviada, quien se apellidaba Bermúdez, y que residía en una suntuosa vivienda del paseo Imperial, así como un criado de éste, de nombre Nicolás y de apellido Fernández, como cualquier otro sirviente de aquel Madrid en el que sucedieron los hechos aquí relatados.

Simplezas en ‘Yankilandia’

Todo parece indicar que, a la vista del amigo americano, seguimos como estábamos. A su parecer, el viejo continente es un puzle lleno de tópicos/típicos, sazonados con guiños político-futbolero-gastronómicos.

Hubo alguien que no ha mucho pensó en España como una parte del siempre incómodo vecino de abajo: un rincón de México. A otros les reclama su atención que aquí un hombre se enfrente a un animal bravío en un recinto circular, provisto de estoque y muleta, jugándose la vida. Por eso quizá nos identifican más, con el aditamento literario de algún prócer suyo de las letras que les contó una vez por quién doblaban las campanas.

Pero si nuestro alarde identificativo se resume en eso, no mejor le va a los portugueses, a los que se les sitúa una tachada bandera rojigualda para advertir de que ellos no son españoles. Ojito, mucho ojito.

En el elenco de las aportaciones que han hecho al mundo los países europeos, se coloca a los franceses con su vino y sus baguettes, y con el cántico al azar en la Côte d’Azur. A los italianos, con la pizza. Chocolates para los suizos y los belgas. Cerveza para los alemanes, salmón para los noruegos y fish and chips en el caso de los ingleses, con golf en Escocia.

Lo de los antiguos países tras el telón de acero ya es otro cantar: allí, a juzgar con una simpleza que te deja patidifuso, o hay pistoleros o tienen radiactividad. En Rusia mantienen rampantes la hoz y el martillo de la extinta URSS, una amenaza que maquillan con un sorbito de vodka.

Así de simples son en Yankilandia. Así de simples y de estúpidos, si cabe. Algunos, que no todos. Supongo, y quiero imaginar.

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