Diario de un prodigio (LXIV)

piononos

En un rincón de la Granada soñada, hace la friolera de más de 500 años, un hombre puso la proa hacia su destino y reclamó unas capitulaciones reales con las que partir a la búsqueda de un nuevo mundo.

En ese mismo lugar, donde a la par acabó el asedio de los árabes, se degusta aun hoy un delicioso manjar, quizá de reminiscencias de aquella época, y de auténtica elaboración artesanal: el pionono de Santa Fe.

Se trata de un pastelito formado por una fina lámina bizcochada que se enrolla cual cilindro como base del mismo y que se emborracha con líquido dulce, coronándose con crema tostada.

Conocí hace años este pionono en un lugar distante de su punto originario, una especie de santuario del andalucismo que hay en mi ciudad: el Parlamento Andaluz. Allí, entre parlamentarios y tránsfugas, manzanilla y otras delicias, tuvimos el colofón de esa especialidad.

Un día, de camino a Sevilla, desvié mi vehículo y entré al pueblo para ahondar en el lugar que dio origen al mencionado bizcocho. Allí me explicaron que, para degustarlo con intensidad, ha de comerse de uno o dos bocados (y no más), y que debe su nombre a un Papa, Pío IX o Pío Nono, al que dicen que el inspirador del pastel, Ceferino Isla González, quiso homenajear por proclamar en 1858 el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Y que buscó que recordase en su forma a aquel último Rey Papa, a través de su figura tan cilíndrica como rechoncha. Hasta la crema tostada emulaba al solideo. Así lo concibió en su histórico obrador de la Calle Real, en 1897.

Hoy es todo un lujo de la repostería al alcance de unos pocos elegidos. Anoche quise degustar uno de ellos y mi decepción llegó cuando me dijeron que ya no quedaban. Santa Fe queda lejos de Murcia y el producto es perecedero, me explicaron. Sentí tener que cambiar el pionono por una trivial tarta de queso en un local de distinta inspiración. Otra vez será, me dije, no sin cierto desconsuelo.

Angelillo, un tenor de Vallecas

En sus apariciones públicas, Ángel Sampedro Montero, Angelillo, condensaba su arte más puro interpretando la canción española y el bolero embutido en un elegante smoking. Pocos artistas han paseado su galanura con la estampa que este vallecano lo hacía. A su voz de tenor, unía probadas dotes interpretativas. La Guerra Civil cortó casi en seco su éxito fulgurante, cosechado en la década de los años treinta a base de cine, pero también de fandangos, saetas y tarantas. Republicano hasta la médula, tuvo que coger el camino del exilio que le llevaría hasta la Argentina. A partir de ese momento, sólo mencionar su nombre podía costar muy caro en aquella España de sumas intransigencias. Volvería en 1954, cuando los rescoldos del incendio fratricida apenas se iban consumiendo.

En La hija de Juan Simón, de José Luis Sáenz de Heredia, interpretaba un legendario pasodoble que llevaba por título “Soy un pobre presidiario”. Meses antes de que estallara el conflicto armado, Angelillo evocaba un “Si yo fuera capitán” en la premonitoria Centinela alerta, de Jean Grémillon. Otra de sus recordadas apariciones en pantalla, ya en años posteriores, fue Suspiros de Triana, de Ramón Torrado. Murió enfermo, en Buenos Aires, en 1973.

Mis leyendas familiares siempre refirieron que un tío mío fue su chofer durante un tiempo. Mi tío, que hizo la guerra en el bando perdedor y que murió joven, en 1943, debió conocerlo en sus años dorados. Evoco esto tras reparar el otro día, mientras contemplaba su lápida en el camposanto, en la de anécdotas que me podría haber contado de aquellos años si, afortunadamente, hubiera sobrevivido al infortunio.

Los del ‘otro’ paseíllo

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En los oscuros días de la Guerra Civil española, el término dar el paseo cobró tintes de tragedia. Muchos, en uno y otro bando, fueron ajusticiados en aquel entonces por la ira y la sinrazón que arrojó el odio. Ocurrió en los albores del conflicto con José Calvo Sotelo y volvería a ocurrir después con Federico García Lorca, en las primeras semanas de contienda. Como alguien tituló una vez, todos fuimos culpables.

Transcurrido el tiempo, se ha acuñado otra expresión algo menos tremendista aunque de enorme impacto social: la de dar el paseíllo. La connotación taurina ha de quedar al margen, pues de lo que hablamos no es tanto del arte de Cuchares como de la doctrina que se imparte a los pies de una estatua femenina con los ojos vendados.

Camino de la italianización, España es un país sumido en la corrupción política. Eso, al menos, daba a entender el elenco de portadas de algunos diarios en este pasado fin de semana. Hay quien dice que los males empezaron cuando a cada ayuntamiento de esta piel de toro, (de los más grandes a los más ínfimos) se le adjudicó la potestad sobre cuestiones urbanísticas. Y de esos polvos, se intuye, vinieron estos lodos.

El poder, corrompe, dijo alguien una vez. Y desgasta más al que no lo tiene, añadió un taimado político democristiano. Ver de un tiempo a esta parte ejecutar el paseíllo a gentes que, apenas horas antes, gozaban de las bondades del buen vivir para dar con sus huesos en un infecto calabozo, se nos antoja plato de mal gusto para cualquiera. Las formas, las formas, que no hay que perderlas nunca.

En Cataluña se han extrañado estos días al ver a dos ex responsables gubernamentales acudir a la Audiencia Nacional esposados y con sus pertenencias en humildes bolsas de basura. Y hasta los jueces de allí han pedido cierta cordura. Por aquí, por estos lares, llevamos ya un tiempo viendo practicar la técnica del paseíllo con unos cuantos. Y al igual que entran, salen del trullo. La Justicia investiga lo que hicieron y, además, hasta es posible que al final alguno salga limpio de polvo y paja. Pero ahí quedará, para los anales, el día en el que su mujer, sus hijos y sus vecinos, lo vieron en un telediario bajar de un furgón policial rumbo a un juzgado o a un calabozo. Ello, a pesar de que hayamos leído a Marguerite Duras al escribir aquello de que cuando se tiene cierta moral de combate, de poder, hace falta muy poco para dejarse llevar, para pasar a la embriaguez y al exceso. Y qué verdad encierran las palabras de aquella mujer de letras.

Un ‘cerebrito’ de la Red

chris hughes

Dicen los entendidos que hay un punto de inflexión en la pasada campaña de nominación del candidato demócrata a la Casa Blanca para evaluar el impacto de Internet. Se trata de la holgada victoria de Barack Obama en Iowa y su posterior derrota, muy ajustada, ante Hillary Clinton, en New Hampshire.

El joven Chris Hughes se había incorporado al equipo de senador por Illinois para aventar su red social. Creó My.barackobama.com y aglutinó en derredor una vasta legión de voluntarios. Abrió un canal en YouTube para que los ciudadanos colgaran sus vídeos planteando las cuestiones que realmente les preocupaban. “Cada persona importa; cada persona tiene voz”, dice. Se convirtió, a fuerza de resultar ambas expresiones pretenciosas, en el chico de Obama en Internet o, incluso, en el que lo hizo presidente.

En la frontera de los 26 años, Hughes se cuestiona muchas cosas. Entre otras, si estamos entre todos haciendo lo suficiente para que todos compartamos más información. Estudió en Harvard y cofundó Facebook con Mark Zuckerberg, la red social por antonomasia con 300 millones de usuarios, de los que se estima que la mitad la utilizan a diario.

Hoy ha pasado por Murcia hablando de lo que más sabe. Y había quien quería saber si, en realidad, a Obama lo aupó la Red a la Casa Blanca. En cualquier caso, Chris Hughes ya había advertido que Facebook no es una poción mágica para ganar votos. Algo que nos temíamos, al menos, algunos.

Debacle en Santo Domingo

alcorcon - real madrid

Hace unos días, la sección de deportes de un periódico recogía una noticia de dudosa catadura: un equipo de infantiles había ganado a otro por 30 goles a 0. El redactor de la información se deshacía en elogios para los triunfadores, hablaba de récord guinness y de otras lindezas. Yo dudé del buen gusto y de la cuestionada ética a la hora de publicar semejante suelto. Y lo hice, más que nada, poniéndome en la piel de los chavales del equipo derrotado y no en la de los ganadores que a buen seguro se sentirían, viéndose en los papeles, encantados de conocerse. Trastocando los roles, en posible que sea eso lo que hoy les suceda a los seguidores del Real Madrid y a los del modesto Alcorcón. Lo que pasa es que el inesperado resultado de ese partido sí que merecería, como de hecho ha ocurrido, las portadas de la práctica totalidad de los diarios.

Un día, hará unas cuantas temporadas, una vieja gloria del madridismo se dejó caer por el vestuario del Bernabéu para saludar a los jugadores. El hombre salió descorazonado cuando comprobó, con sus propios ojos, que la preocupación de muchos de aquellos galácticos futbolistas pasaba más por ocultar el perfume que utilizaban de la vista del compañero, y así evitar que se lo copiase, que de solventar cuestiones meramente deportivas.

Anoche el Real Madrid cayó con estrépito ante un equipo de Segunda B, el Alcorcón. La humillación se tradujo en un baile que pudo acabar peor. Perder 4 a 0 ante un club humilde, con jugadores en la alineación inicial como Raúl, Benzema, Arbeloa, Diarra, Guti, Van de Varrt… ha de doler hoy mucho en los corazones de los merengues. Los aficionados, se entiende. No tanto en los de algunos de los tristes protagonistas de la debacle de Santo Domingo, nombre que recibe el sobrio campo del hoy descollante equipo local. Los de siempre, los veteranos, apelaron tras el partido a que habrá que tirar de casta y orgullo para deshacer el entuerto dentro de 15 días, en el partido de vuelta, y ganar por más de cinco goles de diferencia. Horas antes, los integrantes de la primera plantilla blanca habían probado y estrenado sus rutilantes Audis, ajenos al bochorno que horas después se les avecinaría. Mientras esto ocurría, es probable que algún figura del Alcorcón cogiese un autobús urbano para trasladarse de un sitio a otro en esa populosa localidad. Son las paradojas de una vida en la que, como dijo Balzac, hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir.