Diario de un prodigio (LXV)

Leonard Cohen / Chelsea Hotel Nº 2

El poeta murciano Joaquín Piqueras ha sido el ganador del XXXIX Premio Nacional de Poesía Antonio González de Lama, fallado la semana pasada en la ciudad de León.

El poemario que presentó Piqueras se titula ”Los infiernos de orfeo” y ha sido elegido ganador por mayoría entre un conjunto de 130 obras presentadas a esta convocatoria.

Según la responsable de Cultura del Ayuntamiento de León, Evelia Fernández, los miembros del jurado (Luis Artigue, Gaspar Moisés Gómez, José Enrique Martínez, Almudena Guzmán y Natalia Álvarez) han destacado su estructura posmoderna, vinculada al mundo de la música como homenaje a Leonard Cohen, Lou Reed, Bob Dylan y al género jazz.

El escritor, natural de Alguazas (Murcia), se presenta como un “orfeo moderno que baja a los infiernos actuales influido por lecturas y música en busca de un amor imposible”.

En el blog de Piqueras, el poeta, un amigo común y un servidor, hemos intercambiado mensajes estos últimos días. Versan sobre nuestro pueblo común y de lo que allí se reconocen los méritos de sus hijos pródigos.

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Me alegró mucho leer la noticia este fin de semana en la prensa.
Menos mal que noticias como la tuya sirven para que nuestro pueblo ’suene’ en el concierto regional (y nacional). No todo han de ser informaciones ‘raras’ sobre Alguazas.

Un abrazo.

Manuel Segura

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… Manuel, muchas gracias por tu comentario, me alegro de verte por aquí y también me alegro de contribuir a la buena imagen de mi pueblo. Un abrazo.

Joaquín Piqueras

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Enhorabuena, Johnny!! Me apunto a todas las celebraciones. Sin querer poner sombras al comentario de Manuel Segura, a quien profeso un gran cariño y respeto, sería de muy hipócritas que las instituciones locales sacaran pecho ahora por lo de Joaquín. Sabemos de lo que hablamos, Johnny, y no es tiempo de reproches sino de celebraciones. Esto es obra tuya, ciudadano del mundo, hazte un homenaje y cuida quien posa en tu foto.

Un fuerte abrazo.

Aurelio Martínez

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Muchas gracias, Aurelio. Tienes toda la razón, pero como tú mismo dices es tiempo de celebraciones, y cuando nos veamos lo celebraremos por todo lo alto.

Un fuerte abrazo!

Joaquín Piqueras

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Aunque también es cierto, Aurelio, que pese a que me considere ciudadano del mundo, como escribí ayer en un comentario de Vega Media Press, nadie es profeta en su tierra, me conocen más y he tenido todos los reconocimientos fuera de mi pueblo -y eso que paseo su nombre por toda la geografía nacional e hispanoamericana-, que dentro. Y eso, “quieras que no”, duele. Ya sabes lo que quiero decir.

Algún día, en un futuro, que tal vez yo no veré, a lo mejor incluso pondrán mi nombre a una calle y hablarán de mí como un poeta alguaceño ejemplar, que todo el mundo conoció gracias a las políticas culturales de los gobiernos municipales de turno. Y yo seré plena e inconscientemente feliz.

Pero, pensemos mejor en las celebraciones del presente. Un fuerte abrazo y un beso para Raquel.

Joaquín Piqueras

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¿Volverán a llamar a tu puerta para mendigar un acto cultural con el que sacarse la foto? Los conozco bien. Llevan años promocionando actos casposos de bandurria y zaragüel – que no digo yo que no – como la panacea de la cultura local, cuando saben que pueden tenerlo a la vuelta de la esquina, nunca mejor dicho. O cuando no le dan por las motos y la golfa en paños menores a plena luz del día, sin olvidar la gran paella – demos de comer al pueblo, que piensa con el estómago – todos ataviados con sus pañuelitos y gorritos de paja… dios mio, qué imagen más patética! Esa es su idea de cultura para todos.

Y Johnny, tu poesía está hecha para borrar los nombres de la calles, para lamer las esquinas de los perros enfermos y los corazones perdidos. Está para derribar los muros de la ciudad sin nombre y sin alma. Para salir a la hierba y buscar la esperanza entre la hojarasca vencida de los árboles autistas. Ahí está tu poesía, Johnny, ahí está la esperanza.

Ojalá, tu poesía se conserve siempre en nuestros corazones, como bálsamo y espada. Será nuestro mejor homenaje.

Y si hay calle, también pasearemos orgullosos pero escupiendo de soslayo. Para que no nos confundan.

Te queremos. Este es nuestro pequeño homenaje por este nuevo reconocimiento. Dísfrutalo.

Aurelio y Raquel

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Apreciados Joaquín y Aurelio:
Permitidme, aunque sólo sea por cuestiones de edad, que medie en vuestra reflexión. No seré yo quien ensalce lo generoso que, ancestralmente, ha sido nuestro pueblo para con ’sus hijos’. Fundamentalmente, por los gobernantes sucesivos, para quienes aquellos que se encuentran en la diáspora son, en general, como restos del olvido, si no de la más abyecta envidia.
Si la política fuese unida alguna vez a la generosidad humana, otro gallo nos cantara. Pero no es así y casi nunca lo fue. Que nadie espere excesivo reconocimiento de los que hubo, de los que hay o de los que vengan. Y no seré yo el que generalice con el aserto de que “todos son iguales”. Mas, sin embargo, sí que en ocasiones tienden a parecerse.

Eso es lo que os digo.
Un fuerte abrazo.

Manuel Segura

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No tengo nada que objetar a lo que dices. Tienes razón en que así ha sido siempre y así probablemente será. Por otro lado, siento haber desviado la atención de esta gran noticia que nos ha traído Joaquín, que es solo motivo de alegría, hacia una reflexión que ha podido sonar a otra cosa. Nunca he querido poner en boca de Joaquín esta reflexión, me hago totalmente responsable de la misma. Por supuesto no quiero enfrentar a Joaquín con el establishment alguaceño. El tiene su opinión al respecto, como bien ha manifestado. Como sabrás, conozco a Joaquín desde hace muchos años; compartimos estudios, inquietudes artísticas y una gran amistad. En muchas ocasiones hemos hablado del hecho de que nuestro pueblo encierra o dispara grandes talentos y que es una lástima que siempre se lleguen a conocer por otras vías, cuando las instituciones locales podrían a bien ejercer de promotoras en vez de insistir una y otra vez en los mismos productos. Esto unido a unas experiencias algo desagradables relacionadas con el tema que nos ocupa y tras leer la referencia a Alguazas en tu entrada, ha hecho que mi comentario se desviara por esos derroteros.
Solo me queda recordarte el aprecio, cariño y respeto que siento por tu persona y por tu trabajo. Como Joaquín, eres un alguaceño del que sentirse orgulloso, y, como apuntas, es posible que por el camino te hayas encontrado sentimientos algo contradictorios.

Un fuerte abrazo.

Aurelio Martínez

* Permíteme lo de hermano por el infinito número de veces que me confunden – todavía hoy – con mi venerado – hermano tuyo – Enrique. También por el cariño, que es mucho.

España en Euskadi

Una vez sentenció el célebre pensador vasco Miguel de Unamuno que hay gentes tan llenas de sentido común, que no les queda el más pequeño rincón para el sentido propio. En efecto, evidenciaría un síntoma de normalidad democrática que la Selección española de fútbol jugara un partido en un campo del País Vasco, cosa que no hace desde 1967. También que la Vuelta Ciclista volviera a rodar por las carreteras de Euskadi, una circunstancia que no se da desde 1979. Desde siempre, fútbol y ciclismo han sido deportes íntimamente ligados al pueblo vasco. Grandes futbolistas y enormes ciclistas han salido de sus pueblos y ciudades para encandilar a los aficionados adeptos en ambas disciplinas.

Es verdad que resulta injusto que los amantes del balompié en esa parte del país se vean privados de ver en vivo a la Selección campeona de Europa en sus estadios. Ocurre en las tres provincias vascongadas donde el componente terrorista (con ciertas complacencias de determinados sectores nacionalistas) ha impedido que esto suceda a lo largo de las últimas décadas. Lo que pensarán los abertzales, aquellos que no quieren ver a España ni en pintura, es que si un día jugara el combinado español en San Mamés o en Anoeta, sería para ellos muy doloroso llegar a pitarle (o simplemente a no animar desde la indiferencia) a un equipo en el que se alinearan deportistas de elite nacidos en Álava, Vizcaya o Guipúzcoa, como de hecho viene ocurriendo asiduamente.

Esos mismos deportistas, conocedores de lo que implica verse reflejados en el concierto internacional a través de un Campeonato Europeo, y ya no digamos de un Mundial, saben que ser llamados a una convocatoria de la Selección es el escaparate ideal. Pocos, por no decir ninguno, ha rehusado vestir la elástica nacional y formar parte de una escuadra que, antes de cada partido, ha de escuchar con atención y respeto el himno de la nación a la que representa. Visto lo ocurrido en la última final de la Copa del Rey, disputada entre el Barça y el Athletic y celebrada en Valencia, no habría que recurrir a adivino alguno para imaginarse la escena en Bilbao o San Sebastián cuando por los altavoces comenzaran a sonar los compases de la Marcha Real.

De modo que, partiendo de que sería higiénicamente útil que la Selección jugase en Euskadi, no podemos obviar los inconvenientes que ello conllevaría, tanto dentro como fuera del propio campo. Es probable que los primeros que sintieran esa incomodidad fueran los propios jugadores. No es plato de gusto saltar al que supuestamente es tu terreno, pues juegas como local, y que la hinchada te reciba como si estuvieras a 15.000 kilómetros de tu tierra. Bueno, perdón, rectifico: quizá en Argentina, como ya se demostró en el Mundial del 78, encontraríamos muchísimos más incondicionales de La Roja que en cierto sector del graderío de los campos de fútbol del País Vasco. Así es que, por mucho que la Cámara de Vitoria se empeñe, a través de la fuerza matemática que da la mayoría no nacionalista en la propia aritmética parlamentaria, se me antoja difícil ver a la Selección jugando por aquellos lares. Habrá que apelar, pues, como hacía Unamuno, al sentido común y también al propio.

Piedras en el tejado

elcalvodelaloteria

Una Navidad sin lotería sería algo así como si en esas fechas tan señaladas nos privasen del turrón, del cava o de la sidra. Es evidente que el soniquete de los niños del Colegio de San Ildefonso, en el sorteo del 22 de diciembre, permanecerá por siempre en nuestros oídos, cada vez que el tema salga a colación.

La lotería, como la fregona o el chupa-chups, es un genuino invento español. Y resulta que a los naturales de la piel de toro, siempre les privó el juego. Aquí, toda suerte de tentativas al azar tiene su parroquia. Ocurría, incluso, cuando jugar a determinadas cosas estaba prohibido, y las timbas se montaban en habitáculos cerrados, con café, destilados y mucho humo, como pasaba en el angosto casino de mi pueblo.

Hoy, los regentes de las aproximadamente 4.000 administraciones de lotería con que cuenta nuestro país están en pie de guerra. Les han nombrado la bicha y todo ha sido como en Fuenteovejuna: todos a una. Mediante dos disposiciones adicionales que figuran en los Presupuestos Generales del Estado para 2010 se intuye que la privatización del sector no está muy lejos. Aseguran que de ahí a que podamos comprar décimos y billetes en supermercados o gasolineras, sólo habría un paso.

Las autoridades reconocen que España vende nueve veces más lotería que países de su entorno como el Reino Unido o Francia, donde ese juego sí que se enmarca en la iniciativa privada. Más de 12.000 personas hallan empleo en la lotería nacional, un sector que genera 2.900 euros anuales que se embolsa el papá Estado. Y, con todas esas cifras encima de la mesa y la actual coyuntura económica, ustedes me dirán si a uno no le cuesta creer que éste pretenda desprenderse de tan lucrativa gallina de los huevos de oro. Soltaron al calvo que nos anunciaba en la tele el sorteo extraordinario de Navidad, pero me temo que a la gallina, lo que se dice a la gallina, no la suelten ni para hacerse un caldito.

Pan o libertad: 20 años de la caída del Muro

muro de berlín

Mi admirado Julio Anguita lamenta que los alemanes de la extinta RDA descubrieran que, con la desaparición de su país, se evaporaron también las ventajas que les reportaba el comunismo. Una de ellas, dice el ex coordinador general de IU, era que el gas se suministrase a la población de forma completamente gratuita.

Si alguna vez nos hemos parado a pensar si preferimos el pan a la libertad, habremos tenido ocasión de discernir sobre prioridades vitales. Y resulta de perogrullo concluir que si carecemos de los víveres elementales, de qué nos servirá exaltar con ahínco nuestra condición de ciudadanos libres. Es lo que, hasta no hace mucho, pasaba en Cuba. Nos hicieron creer que, frente a los recortes en cuanto a los más elementales derechos humanos, el Estado aseguraba a sus habitantes que nunca morirían de inanición. Eso, hasta que llegó Pánfilo, un cubano que causó furor en Internet lanzando a los cuatro vientos una verdad impepinable: ¡Jama, jama!, que en Cuba la gente pasa hambre. Dicen que la verdad sincera sólo la dicen los niños, los locos y los borrachos. Al tal Pánfilo, entrado en años, las autoridades del país lo tildaron de lo segundo y lo tercero.

Hoy se conmemoran los 20 años de la caída del Muro de Berlín. Los dirigentes mundiales se han dado cita en la capital alemana para recordar aquel episodio de nuestra historia reciente. Lo harán, entre otras cosas, con copiosas comidas y cenas oficiales. Una de las personas que se hallaba en la RDA en 1989 es la actual canciller de Alemania, Angela Merkel. A ella, a lo que se ve, le ha ido bien en estas dos décadas. A otros compatriotas, imagino, seguro que no tanto.

En la magnífica película La vida de los otros se nos muestra cómo se malvivía detrás de aquel muro. Cómo a quien se atreviese a disentir se le espiaba y se le condenaba por desviacionista de la línea oficial que marcaba el partido. Ya sabíamos que tras el muro de la vergüenza no estaba el paraíso terrenal para los millones de alemanes del otro lado, para aquéllos que se jugaron la vida por saltarlo. Como también éramos conscientes, al menos los que criticábamos el fundamentalismo ideológico allí instalado y que muchos progres aun justificaban, de que en la RDA te coartaban tu libertad hasta los límites de la más pura extenuación. La explosión de aquel régimen totalitario evidenció sentencias como la de Manuel Azaña, quien muchos años antes asertó que la libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres.

Diario de un prodigio (LXIV)

piononos

En un rincón de la Granada soñada, hace la friolera de más de 500 años, un hombre puso la proa hacia su destino y reclamó unas capitulaciones reales con las que partir a la búsqueda de un nuevo mundo.

En ese mismo lugar, donde a la par acabó el asedio de los árabes, se degusta aun hoy un delicioso manjar, quizá de reminiscencias de aquella época, y de auténtica elaboración artesanal: el pionono de Santa Fe.

Se trata de un pastelito formado por una fina lámina bizcochada que se enrolla cual cilindro como base del mismo y que se emborracha con líquido dulce, coronándose con crema tostada.

Conocí hace años este pionono en un lugar distante de su punto originario, una especie de santuario del andalucismo que hay en mi ciudad: el Parlamento Andaluz. Allí, entre parlamentarios y tránsfugas, manzanilla y otras delicias, tuvimos el colofón de esa especialidad.

Un día, de camino a Sevilla, desvié mi vehículo y entré al pueblo para ahondar en el lugar que dio origen al mencionado bizcocho. Allí me explicaron que, para degustarlo con intensidad, ha de comerse de uno o dos bocados (y no más), y que debe su nombre a un Papa, Pío IX o Pío Nono, al que dicen que el inspirador del pastel, Ceferino Isla González, quiso homenajear por proclamar en 1858 el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Y que buscó que recordase en su forma a aquel último Rey Papa, a través de su figura tan cilíndrica como rechoncha. Hasta la crema tostada emulaba al solideo. Así lo concibió en su histórico obrador de la Calle Real, en 1897.

Hoy es todo un lujo de la repostería al alcance de unos pocos elegidos. Anoche quise degustar uno de ellos y mi decepción llegó cuando me dijeron que ya no quedaban. Santa Fe queda lejos de Murcia y el producto es perecedero, me explicaron. Sentí tener que cambiar el pionono por una trivial tarta de queso en un local de distinta inspiración. Otra vez será, me dije, no sin cierto desconsuelo.