El mejor padre que se puede imaginar

Paris Jackson

Quizá las palabras más sentidas pronunciadas desde que se eclipsó el astro de Michael Jackson el pasado 25 de junio las dijera ayer su hija durante el espectáculo-funeral de Los Ángeles: “Desde que he nacido mi papá ha sido el mejor padre que se puede imaginar y solo quiero decir que te quiero mucho”, expresó ante el auditorio de 17.500 personas, en el Staples Center, una niña blanca de 11 años, de nombre Paris, con abundantes lágrimas en sus ojos.

Uno puede imaginarse al llamado rey del pop sin maquillaje, sin disfraces ni posturas, jugando con sus hijos en la intimidad de su casa. Los protegió tanto que hasta les cubría la cara para que no fueran reconocidos. Temía que se los secuestraran y por ello visitaban las jugueterías y los museos entrada la noche. Dicen que no iban al colegio ni jugaban con niños de su edad. Y, puestos a imaginar, elucubremos con esos tres hijos sintiéndose protegidos por alguien a quien muchos, y más en los últimos tiempos, considerábamos casi una caricatura de sí mismo.

Cuesta creerse que el vídeo que circula por la red se grabara apenas dos días antes del fatal desenlace, en el mismo lugar donde ayer se realizó el homenaje. No se distingue en él a un ser próximo a plegar la vida. Jackson, dicen, preparaba una macro-gira para enjugar las numerosas deudas que acumulaba. Por eso decidió volver a los escenarios y reencontrarse con aquellos que nunca le dieron la espalda, ni siquiera en sus peores momentos: sus fieles fans.

Pero el rostro y las palabras de su hija en el día de ayer eran todo un editorial. No se puede expresar mejor un sentimiento que siendo un niño. Lo que Michael quiso ser toda su vida, posiblemente, y que nunca le dejaron ser del todo.

Diario de un prodigio (LIX)

Vino a ocurrir mientras leía una entrevista con el gran Charles Aznavour, a quien ya contemplan sus 85 años de existencia desde una lucidez envidiable. Preguntaba la periodista al cantante armenio-francés por el amor. Él explicaba que nadie sabe lo que es. “Hay expertos que pretenden explicarnos lo que es el amor –añadía–, pero en realidad lo único que pueden contarnos es su percepción del amor. El amor es inmenso y diverso, está el amor a nuestra madre, a nuestros hijos, a la familia, los amigos, el trabajo, el país…, y en mi caso a mi perro, ja, ja, ja. Todo eso es amor. En mi vida hay flechazos de mil maneras manifestados… Pero no porque escriba canciones de amor soy un experto”.

Yo, que seguía a lo mío adentrándome en la lectura de la entrevista, apenas percibía lo que ocurría a mí alrededor. Llegué al punto en el que la entrevistadora se interesaba por lo que Aznavour siempre consideró como amistad amorosa. Es lo que vivió en su tiempo con otra leyenda de la música, Edith Piaf. Contaba él que los americanos suelen interesarse muy a menudo por ese concepto tan suyo. Y que lo resolvía con la siguiente explicación: “Es menos que el amor y más que la amistad. La frontera es muy sutil. Pero a la gente le gusta encasillar, simplificar: “¿Entonces es usted armenio o francés?”, me insisten, y  yo contesto: “Soy café con leche”, y así paran de preguntar”.

Yo seguía en ello cuando, de fondo, la oí pronunciar unas palabras ininteligibles. En aquella estancia estábamos solos, por lo que deduje que, si no era conmigo, la única opción es que estuviera hablando sola. Puse atención y resolví mi duda: se dirigía a los peces del acuario y a una tortuga a los que les suministraba el sustento alimenticio. Detuve mi lectura y reparé en que nadie puede sentirse feliz todo el tiempo en su vida; pero, afortunadamente, sí a ráfagas como esa, como en ese instante tan etéreo como sutil que transcurrió mientras la oía.

Rígoli, sin pena ni rencor

Joe Rígoli

Leo en un diario argentino una entrevista con alguien a quien perdí la pista hace años. Hablo de un cómico que la televisión encumbró hasta lo más alto. Era un tiempo aquél en el que bastaba salir por la pequeña pantalla –la única, entonces– para ser poco menos que un semidios. Y él lo fue.

Joe Rígoli ha dado con sus huesos en la beneficencia. Tras años de éxito y de dinero, vino la cuesta abajo. Eso se mide al leer su balance vital, el que enumera en la mencionada conversación periodística. Con todo, no guarda su expresión pena ni rencor alguno. Es lo que le ha tocado en suerte, viene de decir, tras 58 años de profesión.

De sus años de vino y rosas, Rígoli rememora cuando en nuestro país ganaba cien mil dólares al mes y la de boludeces que cometía. En su descargo, hoy señala que ayudó a muchos y que sus tres ex mujeres viven como reinas. Asegura que sale con una chica casi treinta años menor que él, y que el secreto de la convivencia pudiera ser cama afuera y convivir en vacaciones o de vez en cuando, pero no todos los días”.

Volvió a su Argentina natal por amor y allí buscó inversiones de lo obtenido en España. Los proyectos se fueron al traste. Por eso hoy se ve así. Pero no traslucen gesto de resentimiento sus palabras. Antes que gastarse en él el dinero que aún le queda para vivir, dice que prefiere utilizarlo en pagar estudios a uno de los dos hijos que ha tenido. Porque, al final, lo que se compra con plata es barato, concluye el padre de Felipito Tacatún.

Como a Sidney Poitier

commingdinner

Celos / Pitingo

A Pitingo, cantaor y gitano, y a Juan Carmona, guitarrista y gitano también, los vejaron en el AVE. Ésa, al menos, es la versión dada por ambos artistas de unos hechos acaecidos el pasado 28 de junio, a resultas de que venían de participar en El Potaje Gitano de Utrera. Casi . Hablamos del festival flamenco más añejo del país donde se rendían honores a la dinastía de los Rivera Ordóñez, gente del toro y ahora, también, del papel couché.

Ocurrió que los dos viajaban en ese tren de Sevilla a Madrid en clase preferente, acompañados de sus respectivas parejas, mientras dos hijos de Carmona lo hacían en turista. En un momento dado, los chavales –según cuenta el padre– se trasladaron al vagón donde iba su progenitor para pedirle dinero e ir al de cafetería. Al verlos, el revisor les conminó a que volvieran a su sitio. Al padre, que salió en su defensa, el empleado del tren le pidió el billete. Y Carmona cuenta que, nervioso como estaba, no lo encontraba. Siempre según la versión del ex miembro de Ketama, el revisor avisó a Seguridad y al guitarrista y a su novia los instaron a bajar del AVE en la estación de Puertollano, “incluso sin las maletas”. Los chicos, de 14 y 16 años, siguieron hasta Madrid, junto a Pitingo y su esposa.

La versión de RENFE difiere de la anterior. Contaba el ABC de Sevilla, citando fuentes de la compañía, que “los menores, pese a tener billete de turista, se acomodaron en preferente y que, al ver que el incidente subía de tono, el supervisor no tuvo más remedio que solicitar que Carmona fuera desalojado del tren”.

Unos y otro se han intercambiado denuncias. Los primeros hablan de racismo y dicen que “ni en los tiempos de Franco se veía eso. El segundo, por sentirse amenazado por el guitarrista desalojado.

Sabido es que el hábito no hace al monje. Cuenta Pitingo que el revisor ya lo tenía fichado desde que días atrás, durante otro trayecto, irrumpió en un vagón lleno de gente y sólo le pidió el billete a él: al gitano que iba en preferente. De ser así, como lo cuenta, cuesta creer que esto ocurra todavía. Pero pasar, claro que pasa, si damos por válida ésta su versión. Aunque el gitano, el negro, el moro o el chino sean eminencias en lo suyo. Porque los prejuicios, los malditos prejuicios, laten aún en esta sociedad tan solidaria. Como le ocurría al gran Sidney Poitier en Adivina quién viene esta noche. ¿Se acuerdan de aquella sorpresa que la niña reservaba a sus papás? Pues casi igual.

Diario de un prodigio (LVIII)

legionela

La aproximación más certera que pude tener una vez sobre lo que podría ser el fin del mundo coincidió con una epidemia de legionela declarada en verano de 2001 en mi ciudad. Toda una populosa barriada en cuarentena, con gente afectada de todas las edades y con un origen desconocido. Producía pavor todo aquello, ahora que lo recuerdo.

Era un mes de julio, como ahora, pero de hace 8 años. Los aparatos de aire acondicionado funcionaban a toda pastilla para paliar los rigores de la estación. Alguien apuntó la posibilidad de que el foco partiera de un gran centro, y más en concreto de sus instalaciones de aire que lanzaban al exterior una indeterminada bacteria, perniciosa para la salud humana.

Dicho y hecho: las autoridades sanitarias se lanzaron sobre la pista y ordenaron paralizar los aires acondicionados de señalados edificios que se consideraban sospechosos. Unos de éstos fueron los dos de El Corte Inglés. ¿Se imagina, quien no lo viviera, un mes de julio, en pleno inicio de rebajas, esos emblemáticos grandes almacenes sin aire acondicionado en sus plantas? No, seguro que no. La primera y única vez que entré en esos días a uno de ellos, en plena Gran Vía, hallé una imagen que me produjo un gran impacto: un bochorno asfixiante, escasa clientela y empleados sin chaqueta –menos mal que sus jefes fueron piadosos a la hora de suprimir esa significada prenda–, dibujaban un panorama inusual en su interior. Así estuvieron tres días. Horroroso, como les digo.

Al final, pasó lo que le ocurre a algunos que son señalados como culpables y que se chupan su condena para que luego la justicia diga que se trató de un error. Sí, claro, pero ¿quién me resarce de mi calvario?, suelen preguntarse en estos casos los presuntos inocentes. Y es que, meses después, un informe técnico concluyó que el foco estaba en uno de los hospitales a los que se trasladó a casi la mitad de los afectados.

Eso fue lo que pasó hace unos pocos años, tan sólo ocho, y esa la imagen que aún guardo en mi retina de aquellos días. Hoy, cuando pasaba cerca de un termómetro que al sol suresteño cifraba en 45 los grados centígrados de la tarde, evoqué tan tórrido episodio en el que no hay que olvidar que murieron 6 personas y más de 700 se vieron afectadas.

Fueron aquellas, de comienzos de julio de 2001, unas rebajas sin aire acondicionado a las que pocos valientes acudían. Hoy, si no lo hacen, no será porque no se refrigere el local en cuestión donde, si te descuidas, hasta tienes que abrigarte. Sospecho que más bien se ausentarán porque los bolsillos estén helados por la maldita crisis que, más pronto que tarde, no debiera dejarnos tan exhaustos como extenuados.