Diario de un prodigio (LXVI)

 

Paco Morote trata la repostería con esmero artesano. El mostrador de su establecimiento siempre implica una irrefrenable tentación. Destacaré, por haber dado cuenta de ellos, sus inigualables pepitos, las para nada empalagosas tartas de queso o los impactantes tiramisús. En estas fechas prenavideñas, los dulces bullen de su horno. Pero del interior de su obrador salen también los singulares pasteles de carne, bocado original donde los haya en esta tierra y que quien conoce, repite sin dudarlo. 

Ayer, mientras degustaba uno de los pocos ejemplares sobrantes de la jornada matutina, cuatro hombres jóvenes –que yo supuse jornaleros de la depauperada construcción– apuraban sus cafés en una mesa cercana a la mía. Tres hablaban entre ellos de lo que intuí como temas banales. El cuarto, ojeaba un periódico, un tanto ajeno a los demás. Como divisaba desde mi ubicación las páginas por las que lo tenía abierto, identifiqué que observaba la información bursátil. Y confieso mi sorpresa inicial. En esto, uno de los que hablaban se dirigió al que leía, inquiriéndole: ¿Qué tal ayer Acerinox? 

-Han bajado, le responde el que estaba leyendo. 

-¿Y qué vas a hacer? ¿Venderás?, volvió a preguntarle el primero. 

-Luego miraré en Internet y ya veré lo que hago, zanjó éste la charla. 

Relato esto a tenor de la impresión que me provocó la escena. Y sin querer resultar pretencioso, ni etiquetando a nadie sin justificación alguna, que gentes a las que se atribuye a priori poco más que el arte percutor del pico y la pala sigan celosas los movimientos del parqué, es algo para tener muy en cuenta. Todo eso, en un país hasta no mucho superviviente de un mar de cáscaras de gambas y de serrín, que aun no pasa por ser descollante en el Universo. 

Cuando ya les creí desprovistos de cuanta rudeza legendaria implica su oficio, y me imaginé sentado junto a un grupo broker del cemento armado, entró una mujer de edad mediana al local pidiendo bizcochos. El confitero le dijo que no le quedaban, que se habían llevado todos los que había hecho para ese día. Uno de los cuatro presuntos albañiles le dijo a otro por lo bajini: “Y tú, ¿tienes algún bizcocho para ésta?”. Ahí se acabó mi edulcorada imagen de los predispuestos jugadores de Bolsa; que la cabra, tira al monte, pensé. Y digo más: se me antojó que aunque la mona se vistiera de seda…

El ‘tartagliazo’

Cuando andamos por la calle y alguien que nos antecede tropieza, solemos esbozar una sonrisa. Me refiero, por regla general. Que alguien se trastabille, produce escarnio por sistema.

Ayer, es posible que muchos que se muestran contrarios a las guerras –ya sea la de Irak o la de Afganistán, por citar ejemplos recientes– sonrieran al ver el rostro descompuesto del primer ministro italiano, tras ser agredido de forma bárbara por un demente en la milanesa plaza del Duomo. Qué bueno, se pensarán. Que alguien le pare los pies, por fin, rompiéndole la cara a Il Cavaliere. Qué machada. Tanta, que en una conocida red social el agresor ya tiene club de fans propio, y que ya va por los 42.000 tartaglias.

Si nunca se justifica la violencia, tampoco en acciones como ésta. Silvio Berlusconi es un dirigente político elegido democráticamente, aunque a muchos no nos guste su forma de proceder. Ver ayer en todas las televisiones su cara lastimada evidencia que los ricos y los poderosos también sangran, y que manan un líquido que es rojo, como el de cualquier mortal. El tartagliazo le ha reportado eso a Berlusconi, así como la rotura de dos dientes, un labio partido y el tabique nasal destrozado. El móvil usado al efecto, una contundente estatuilla de la catedral milanesa. Es la misma estampa que muchos hubieran anhelado ver cuando un periodista iraquí lanzó hace meses un zapato a George W. Bush, artefacto que, por un acto reflejo, no le impactó finalmente en la cara.

Se ha sabido que la policía, que detuvo a Massimo Tartaglia, de 42 años, tras el incidente de este domingo en Milán, le halló un crucifijo en un bolsillo de su chaqueta. Será, quizás, que pensara que su penitencia pasaba por ajusticiar al que muchos consideran la encarnación de todos los males en la Italia de hoy.

Impresiones de París

La vie en rose / Bola de Nieve

Un hombre avejentado duerme cada noche sobre una rejilla de la que exhala calor procedente del metro de la estación de Cadet. Por el día, coge sus cachivaches y transita por el exclusivo Boulevard Haussmann.

En otra estación del metropolitano, una joven algo extraviada en su mirada pide con tonillo educado a los viajeros que le den fuego para encender un cigarrillo, cuando todos saben que eso es algo prohibido.

A las puertas de las Galeries Lafayette, un chico de rasgos árabes grita reiteradamente en francés y como canturreando: “¡Castañas calientes!”.

En otra plaza, frente al Museo del Louvre, cuyos trabajadores protestaban estos días por los malos augurios que se ciernen sobre su futuro laboral, un hombre duerme ajeno en el suelo mientras la lluvia comienza a arreciar.

Cuanto más te alejas del centro, la piel de los habitantes de los barrios se torna más morena. A más distancia, más negritud: la Banlieue.

En una cafetería de lo más chic de la avenida George V, nos cobran 14 euros por dos coca-colas. Cerca de Saint-Michel, te piden 4,10 euros por un café express.

Estábamos en París, la ciudad de la luz, del amor, y de tantas otras cosas.

Y aunque murió en Estocolmo, René Descartes está enterrado en la iglesia de Saint-Germain-des-Prés. Pasé por delante de su tumba y no pude por menos que sentir un escalofrío ante el que está considerado como el padre de la moderna filosofía. Quizá es que me asaltó entonces su duda metódica. Como tantas otras veces. Como cuando escucho a un cubano cantar en francés La vie en rose.

Fallos encadenados

En el caso de la niña que murió en Tenerife y de cuya responsabilidad se criminalizó a su padrastro, fallaron todos los resortes posibles. Falló el primer médico que vio a la menor tras caerse de un columpio y le recetó el siempre recurrente Dalsy. Falló el segundo facultativo, que apreció supuestos  indicios gravísimos de maltrato contra la criatura. Falló también la Administración, que no supo estar a la altura, antes, durante y después de todo lo acontecido. Fallaron además, según relato de su propio abogado, las fuerzas de seguridad, sometiendo al supuesto violador a toda suerte de vejaciones durante cinco días de interminable interrogatorio. Fallaron los medios de comunicación que, una vez más, se lanzaron en cascada contra quien al final resultó ser víctima de un cúmulo de errores garrafales que veremos a ver ahora quién los repara.

El linchamiento al que ha sido sometido un ciudadano de un Estado democrático y de Derecho debiera hacer reflexionar a los poderes públicos y a cuantos se han visto relacionados con el caso (médicos y periodistas, incluidos) sobre las consecuencias irreparables de una acción extremada, rayana en la iniquidad. Cuando a alguien se le condena simple y llanamente por supuestos indicios, sin esperar a que una autopsia revele si son o no ciertos, es que algo falla en el seno de una sociedad ávida de ponerle las esposas y exhibir, como si de un pelele se tratara, al primero al que se le tuerce el destino.

Una estampa del Folies

Douce France / Charles Trenet

Espero en el próximo puente recalar por sus inmediaciones. Ya nos han dispuesto un hotelito al efecto, a sólo unos pocos metros de tan entrañable local. Se cuenta que para alejar el mal fario, los títulos de los espectáculos que pasaban sucesivamente por el Folies Bergère solían tener trece letras, como las que contiene el nombre del afamado edificio de la parisina calle Richer, 32.

Por su escenario ha desfilado la quintaesencia del music hall a lo largo de sus casi 140 años de existencia. Desde Joséphine Baker a La Bella Otero. Desde Charlie Chaplin a Maurice Chevalier. Desde Fernandel hasta Yves Montand. Desde Édith Piaf a Frank Sinatra. Y allí empezó un día a interpretar Charles Trenet.

Contemplando su fachada de los años 30, uno se imagina la de historias que albergó en su interior. Y observando con detenimiento el cuadro que inspiró al maestro impresionista Edouard Manet, La barra del Folies, uno entiende que a París la llamen la ciudad de la luz, mientras la camarera Suzon nos mira ensimismada, ajena al bullicio de la jocosa clientela, quizá hablándonos sin que nosotros, admirándola en su pose, apenas nos demos cuenta.