29 Julio 2010

Maquiavelo en el ‘Parlament’

No me declaro taurófilo impenitente, pero sé a ciencia cierta que el trasfondo de lo aprobado ayer en el Parlament de Catalunya esconde más un ardid de fuste político que ecologista. Respeto, y hasta comprendo, a cuantos ven en las corridas de toros una suerte de espectáculo cruel, en el que la sangre brota a borbotones mientras en los tendidos la gente brama como lo hacían sus ancestros en el coliseo romano. Tan lacerante puede resultar eso como bárbaros los correbous, a los que, por otros intereses no tan ocultos, los próceres parecen hacer la vista gorda.

Pero que a la grupa de las nobles intenciones de quienes dicen defender la vida de los animales se suban los oportunistas, aquellos que sólo buscan enterrar cuanto les recuerde que aún pertenecen a un proyecto colectivo llamado España, me parece despreciable. Ya sabemos a lo que han conducido a sus países los nacionalismos exacerbados a lo largo de la Historia. Lo peor en sí no es ser nacionalista, ni siquiera independentista. Porque, por fortuna, hoy todo se puede defender en el marco de la legalidad, con las armas que pone a nuestro alcance el Estado de Derecho. Lo que ya no sé es si resulta tan lícito buscar tretas o artimañas para conseguir lóbregos objetivos.

No está demostrado que Nicolás de Maquiavelo expresara en vida aquello de que el fin justificaba los medios. Mas se le atribuye por sistema. Pero sí que en una carta dirigida a Francesco Guicciardini, fechada en 1521, el diplomático florentino dijera que “desde hace un tiempo a esta parte, yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla”.

Quizá algo de eso es lo que encierra la confabulación que contra las corridas de toros se acaba de perpetrar en Cataluña. Muchos temen que puede darse un efecto dominó y que la iniciativa catalana –ya vigente en Canarias desde la década de los 90– se extienda a otras comunidades. Me cuesta mucho creer que prosperara, por ejemplo, en Andalucía o Navarra, pongo por caso.

De ayer me quedo con la imagen del gesto abatido, en el graderío del Parlament, de un desconsolado Serafín Martín, aquel diestro catalán que una tarde acometió el paseíllo envuelto en la senyera y tocado con barretina, en un último intento por evitar lo inevitable. Lo demás, casi todo, me pareció un ejercicio de farsa manifiesta, trufado con altas dosis de fingimiento e interesada afectación.

21 Julio 2010

Un pulso en el aire

Los controladores aéreos de los aeropuertos españoles mantienen un pulso con la Administración, motivado por una serie de recortes laborales que, al final, han repercutido en sus bolsillos. Grosso modo, leo que uno de estos profesionales podía ganar anualmente 375.000 euros de sueldo y que la reducción de horas extras llevada a cabo por un decreto gubernamental de este mismo año lo dejó reducido a unos 200.000 euros. No está nada mal en estos tiempos para alguien al que, según sigo leyendo, sólo se le exige tener más de 21 años, estar en posesión del Bachillerato y realizar unos cursos formativos en los que el idioma inglés es fundamental.

Resulta evidente que si un controlador tiene una enorme responsabilidad –llegando a dirigir simultáneamente el tráfico de más de 80 aeronaves– no lo es menos que hay otros profesionales tan responsables, caso de los pilotos, que quizá tengan una remuneración más exigua.

El 3 de agosto de 1981, alrededor de 13.000 controladores aéreos de Estados Unidos se declararon en huelga, después de infructuosas negociaciones con el gobierno federal. Lo hicieron desafiando la ley que prohibía las huelgas de uniones gubernamentales. Su eventual derrota alteraría de forma decisiva las relaciones laborales en los Estados Unidos. Los objetivos de aquel paro eran una mejora salarial y una reducción de la jornada laboral. Ese mismo día, el presidente Ronald Reagan declaró que la huelga era ilegal y amenazó a los que la secundasen con la rescisión de sus contratos si no regresaban a sus puestos en un plazo de 48 horas. Roberto Poli, el presidente de la Asociación de Controladores Aéreos Profesionales (PATCO), creada en 1968, fue sentenciado por un juez federal a pagar mil dólares diarios, mientras durase la huelga. Se daba la paradoja de que la PATCO era una de pocas uniones que habían apoyado al republicano Reagan en su elección presidencial de 1980.

El 5 de agosto, el presidente cumplió sus amenazas y despidió a 11.359 controladores aéreos, los que secundaron el paro. Adicionalmente, impuso a la Administración Federal de Aviación (FAA) una prohibición vitalicia para volver a contratar a cualquiera de esos controladores despedidos.  El 17 de agosto, la Administración Federal de Aviación empezó a recibir solicitudes para cubrir los 11.359 puestos vacantes. Mantuvo los vuelos operativos, con pocos retrasos y escasas cancelaciones. En el mes de octubre, el gobierno norteamericano retiró a la PATCO su certificado.

Ocurrió hace muchos años, recién llegado a la Casa Blanca aquel actor mediocre metido a tareas públicas. Le echaron un pulso y lo perdieron. Pero claro, supongo que España no es Estados Unidos y que José Blanco tampoco es Ronald Reagan.

20 Julio 2010

Reencuentros

Hay una máxima del sabio Esquilo, creador de la tragedia griega, según la cual ni aun permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino. Y hay una deliciosa película, Los girasoles, en la que Vittorio de Sica aparca el neorrealismo que tanto lo encumbró para agarrar un melodrama apuntalado en la interpretación por dos monstruos del celuloide: Marcello Mastroianni y Sophia Loren. Y utilizó en ella la citada planta herbácea, esa eterna compañera del sol, para simbolizar el amor humano en la pareja.

En el Nápoles de la Segunda Guerra Mundial, el electricista Antonio y la modista Giovanna hacen un hueco en sus vidas para casarse y encontrar muy pronto los sinsabores del destino. A él lo destinan al frente ruso. Se resiste, finge locura, pero descubren su treta. Y al final se marchará a la guerra. Era él, a sus 32 años, un contumaz solterón de Salerno, en tanto era ella una deslenguada napolitana que se ganaba la vida con la costura. Antonio cae herido en una refriega y es una campesina rusa, Mascia, la que cuidará de él. Allí se queda pues el soldado electricista, viviendo otra vida acabada la contienda. En todos esos años, en su ciudad, la supuesta viuda se niega a dar por muerto al marido, aun a pesar de que transcurra el tiempo que, dicen, todo lo cura. Y emprende su búsqueda. Y, al fin, lo halla.

La sugerente banda sonora de Henry Mancini envuelve esta historia de ida y vuelta, de amores exiliados, pero también de ilusiones, alegrías y pasiones. La escena del reencuentro es desgarradora. Sólo esos dos actores, Mastroianni y la Loren, pueden aguantarse la mirada como ellos lo hacían. Y el final desgarrador, de ese tren que desde el andén emprende la marcha en la estación y que se pierde en lontananza, véanlo y traguen saliva.

19 Julio 2010

Audímetros y televisión

Los datos de las audiencias televisivas en España, arrojados tras el pasado Mundial de fútbol disputado en Sudáfrica, han llevado a muchos a cuestionarse su fiabilidad. Si un partido de la selección nacional lo veían oficialmente 15 o 16 millones de telespectadores, ¿qué estaban haciendo el resto de compatriotas (más de 30 millones de personas) a esas horas? Además, ¿eran todas esas personas completamente ajenas a la vorágine mundialista y a los éxitos de los chicos de Vicente del Bosque? Es, más o menos, lo que venían a preguntarse.

Resulta indudable que el seguimiento televisivo del Mundial ha sido enorme. Todos conocemos incluso que muchas personas no adictas al balompié han permanecido pegadas literalmente a la pequeña pantalla, ante las elevadas expectativas del combinado español y la catarata de resultados que le condujo a ganar, por vez primera en su historia, tan celebrado título. Y ello nos lleva a pensar que la cifra de telespectadores puede haberse quedado corta. A todo eso habrá que añadir que las mediciones se hacen, por lógica, sobre aparatos individuales y que, en consecuencia, la duda estriba en saber cómo se calcula la audiencia en cines, recintos abiertos con pantallas gigantes, bares u otros locales públicos, por ejemplo. Serían estos algunos de los numerosos interrogantes que se han suscitado a lo largo de estos días.

Hace un par de años, la empresa TNS/Sofres (hoy Kantar Media), encargada de medir las audiencias televisivas en nuestro país, anunció que ampliaría el número de audímetros de que disponía (3.840 en otros tantos hogares españoles) hasta llegar a los 4.500. Se trataba de un incremento en torno al 17%, motivado principalmente por la irrupción de la TDT y la consiguiente fragmentación de las audiencias. Se aseguraba que colocar 660 audímetros más en otras tantas viviendas, permitiría a las cadenas televisivas, agencias de publicidad y anunciantes en general, tener a su alcance una radiografía mucho más exacta de lo que es el fiel reflejo de la televisión que se consume en España.

Con los audímetros se controla la actividad del televisor, el vídeo u otra fuente de señal. La relación entre el hogar y el audímetro se realiza mediante un mando a distancia, por lo que a cada persona residente se le asigna una letra en un botón que debe pulsar cada vez que enciende o apaga el televisor, o cada vez que empieza a ver o deja de ver la televisión. Durante las 24 horas del día, el audímetro registra todos los cambios que se han ido produciendo en los distintos televisores del hogar, y cada madrugada recibe la llamada de un ordenador central al que vuelca toda la información almacenada.

Ahora bien, ¿son muchos, pocos o los normales esos 4.500 aparatos para medir la audiencia televisiva en nuestro país? Juzguen ustedes mismos: España es el séptimo a nivel mundial con número de audímetros por habitante y el cuarto en el Viejo Continente. China (14.200), Estados Unidos (12.900) e India (7.000), constituyen el trío de naciones que lidera el control de audiencias. Alemania, Italia y Reino Unido, con algo más de 5.000, son los países europeos que les siguen a distancia. Sintomático es que naciones como Francia (3.400), y ya no digamos la inmensa Rusia (3.550), se sitúen tras la estela que nosotros dejamos.

Conviene resaltar que en 1993, cuando las televisiones privadas ya llevaban casi cuatro años de rodaje, en nuestro país sólo contábamos con 2.500 audímetros instalados en los hogares. La cifra actual en España (4.500) es consecuencia de la implantación de las cadenas autonómicas en Aragón, Asturias, Baleares y Murcia.

Con todo, y como siempre suelo sostener ante quienes primero me cuestionan cómo se mide la audiencia en televisión y luego sobre la fiabilidad del número de medidores instalados, esto es lo que hay. Y es que hoy por hoy, la única fuente de la que echar mano, tanto en las cadenas de televisión como en las agencias publicitarias, es ésta. Se mire por donde se mire y se cuestione cuanto se quiera cuestionar.

[Artículo publicado en el diario La Verdad de Murcia. 19-07-2010]

15 Julio 2010

Damas y desterrados en Cuba


Leí con detenimiento los cargos imputados a los presos cubanos que ya han llegado a España y no aprecié en ellos crímenes de lesa humanidad. Observé lo heterogéneo de su procedencia, profesores, periodistas, médicos, y hasta un panadero. Se trataba, a ojos del Estado que han construido los hermanos Castro, de peligrosos ciudadanos que reclaman poder vivir en una isla en libertad.

Que hayan abandonado las mazmorras, donde uno cuenta por ejemplo que estuvo 24 días en una celda con la luz permanentemente encendida, ya es un hecho plausible. Otra cosa, quizá, sea que no puedan gozar de esa liberación en su propio país y que hayan tenido que ser desterrados al nuestro. Que en Cuba los derechos humanos brillan por su ausencia, es algo más que evidente. Por mucho que se empeñen aún algunos incondicionales de la causa castrista en manifestar lo contrario. Aquel sueño del amanecer revolucionario de la Sierra Maestra desembocó en una larga noche de ausencia de libertades, así como de privaciones y severos castigos.

Como si de una novela orwelliana se tratara, el Hermano pequeño sustituye al Hermano mayor – al que todos ya creíamos ajeno al mundanal ruido–, pero éste reaparece, tan visionario como siempre, contándonos que sobre nuestras cabezas se cierne el peligro de una guerra nuclear.

Algo menos de sesenta disidentes abandonarán las cárceles cubanas en próximas fechas. No todos quieren ser deportados. La avanzadilla, apenas una decena, ya ha llegado a España. Mientras, en la isla quedarán todavía más de un largo centenar de presos políticos de quienes desconocemos su futuro. Muchos se enfrentan a largas condenas por atentar ideológicamente contra un Estado que les instruye para pensar unidireccionalmente.

Entre tanto, por las calles de La Habana y de otras ciudades del país, las Damas de Blanco seguirán dejando constancia de que ante la tiranía sólo cabe obrar con valentía. El nada sospechoso escritor chileno Jorge Edwards acaba de pedir el Nobel de la Paz para unas mujeres que defienden pacíficamente los valores en los que creen, jugándose la vida, al tiempo que nos regalan diariamente una impagable lección de dignidad con su lucha y su constancia en pro de la libertad y la democracia.